Time.
El problema es que crees que tienes tiempo.
– Buddha –
¿Con qué frecuencia nos detenemos a pensar en el tiempo? En la edad que tenemos actualmente y su equivalencia en horas, minutos y segundos, o incluso en formas más pequeñas de medirlo, y cómo lo hemos gastado, qué hemos hecho con él. ¿Hemos logrado ya las cosas que un día dijimos que haríamos? ¿Las metas que una vez establecimos viven en espacios de tiempo invisibles y las hemos guardado en cajas, enterradas en lo desconocido que depara el futuro? ¿Hemos aprovechado al máximo, disfrutando de estar con amigos y seres queridos, o incluso con nosotros mismos?
Siempre he sentido este miedo intenso y profundo cuando pienso en que algún día eventualmente moriré. Aunque apenas estoy llegando a la mitad de mi vida –si acordamos un promedio de 80 a 85 años– cuando ese pensamiento venía a mi mente, siempre intentaba hacer otra cosa para poder sacarlo de mi cabeza. Pero desde que mi papá falleció recientemente, me he encontrado sin pensar más en la muerte; en cambio, y quizás inconscientemente, cambié ese pensamiento y comencé a pensar en ello de una manera opuesta. Como, por ejemplo, en las cosas que no he hecho. Las cosas que he estado evitando y que me han impedido avanzar y realizar mis sueños, comprometerme y alcanzar mis metas, estar plenamente presente y feliz. Y hoy sucedió algo que me permitió reflexionar sobre esto más profundamente que nunca.
Era un agradable martes alrededor de las 15:00 de la tarde. Acababa de terminar de ducharme porque minutos antes había estado haciendo ejercicio, como la mayoría de los días alrededor del mediodía, más o menos, y estaba en mi rutina posterior al entrenamiento cuando de repente se escuchó un sonido fuerte: las luces en el país, en la mayoría de las regiones, se apagaron por completo. Resultó que el sistema eléctrico en el lado norte del país tuvo un mal funcionamiento y todo se apagó, hasta el lado sur, lo cual aún no sabía. Las primeras palabras que salieron de mi boca fueron "mierda", seguidas de "creo que iré a un Starbucks y trabajaré desde allí". Necesitaba volver al trabajo, porque afortunadamente y siendo agradecido puedo hacerlo de forma remota, pero aún así, era hora de regresar.
Así que terminé de vestirme, tomé la mochila con mi laptop y audífonos, y salí. El generador de respaldo del edificio estaba encendido y las cosas principales funcionaban. Vivo en el octavo piso y no quería bajar al piso -1 para llegar a mi auto tomando las escaleras –no me culpes, acababa de hacer ejercicio–. Y también quería llegar al café lo antes posible, para seguir trabajando. Así que tomé el ascensor, subí al auto, salí del edificio y llegué al Starbucks al que suelo ir algunos días durante la semana. Para buena o mala suerte –luego explicaré por qué puede ser una u otra– todo estaba completamente apagado. Las oficinas cercanas estaban dejando que los trabajadores se fueran a sus casas, la gente en el restaurante de al lado se estaba yendo, y una de las personas en el café me dijo que era un apagón masivo, casi en todo el país. No podía creerlo, pero pensé "ok, esto debería volver pronto", así que me quedé allí un rato, encendí un cigarro, intenté ver en mi teléfono qué estaba pasando y el internet era básicamente una mierda. Solo pude leer las descripciones de algunas publicaciones de Instagram que explicaban un poco la situación. Así que decidí volver a casa.
Llegué al departamento y esperaba que mi conexión a internet pudiera ser un poco mejor allí, pero no. Ni siquiera pude llamar a mi madre para saber si estaba bien, dónde estaba cuando esto sucedió, nada. Quería ver el partido de mi equipo de fútbol favorito, el Chelsea, pero no pude conectar la aplicación. Lo único que pude hacer durante un par de minutos fue informar a la empresa que no podía volver a trabajar. Lo cual ya sabían, ya que tengo otros compañeros de trabajo que también son de y viven en Chile.
Como no podía hacer nada relacionado con la tecnología y no podía trabajar, me di cuenta de que tenía tiempo completo y libre para mí. Así que hice lo mejor que se me ocurrió: aprovechar este tiempo y leer un libro. El día anterior había comenzado a leer el libro de Sahil Bloom The 5 Types of Wealth (Los 5 Tipos de Riqueza), el libro número 2 en Amazon en el momento de escribir esto. En el libro, él explica y comparte su punto de vista sobre que hay cinco tipos diferentes de riqueza –de ahí, el nombre del libro–, relacionados con los siguientes conceptos: Tiempo, Mental, Social, Física y Financiera. Me sorprendió al leer tan sólo el prólogo, el cual fue un golpe directo al corazón, donde comienza hablando sobre su experiencia de vida y cómo pudo darle un giro de 180 grados, para bien, siguiendo ciertos métodos y lecciones recopiladas con el tiempo. Así que seguí leyendo y leyendo, hasta que llegué al primer capítulo en que se explica el primer tipo de riqueza: Tiempo.
El capítulo fue profundo, tan profundo, que en un momento tuve que detenerme, levantarme y tomar un par de pañuelos para secar mis lágrimas. Allí habla sobre cómo tratamos, gestionamos y, sobre todo, no apreciamos el tiempo que tenemos –o que hemos tenido–. Menciona las cosas a las que estamos acostumbrados a hacer, como si estuviéramos en modo piloto automático, y que algunos ni siquiera nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde, proporcionando ejemplos muy profundos y significativos en varios escenarios. También ofrece algunos ejercicios que deberías hacer, todos ellos a través de la escritura, con el fin de aprovechar al máximo el libro.
Antes de entrar en lo que escribí y sus detalles, así como mi intención al hacerlo, creo que es bueno agregar algunas cosas del libro con las que me sentí profundamente conectado, ya que me permitirán enlazarlas después con mis propias palabras y pensamientos. Sahil habla sobre una encuesta nacional que se realiza anualmente en EE.UU., llamada The American Time Use Survey. Se utiliza para obtener información sobre cómo las personas usan y distribuyen su tiempo en varias actividades diarias. Los resultados que muestra son tan profundos y significativos que me impactaron de inmediato, y comencé a comparar mentalmente los datos con mi propia vida, pasado, presente y futuro. La encuesta consiste en que las personas completen y proporcionen respuestas en tiempo real durante el día, relacionadas con cómo utilizan su tiempo y con quién. A continuación, se presentan los gráficos y resultados de solo 4 de un total de 6:
TIEMPO CON LA FAMILIA

Basándonos en el gráfico, se puede notar que el tiempo que pasamos con nuestros familiares, como padres, hermanos, abuelos y demás, alcanza su punto más alto cuando somos niños. En parte, esto se debe a que dependemos principalmente de nuestros padres. Luego, a medida que avanzamos en la adolescencia, empieza a disminuir más y más con el paso de los años hasta llegar a la adultez, donde se mantiene estable con pequeñas fluctuaciones. Y todos podríamos tener las explicaciones, razones o, quizás, excusas más perfectas para ello. Tenemos trabajos, tal vez una familia e hijos, "tenemos menos tiempo" para una parte de nuestra familia porque necesitamos cuidar y priorizar la otra. Pero, ¿realmente es así? ¿Debemos cortar y eliminar una parte de nuestras vidas para hacer espacio para otra? Creo que no, pero aun así, yo también caí en esa trampa. Me pasó cuando nació mi hija y luego, cuando el Covid azotó al mundo, lo que empeoró aún más la situación. Empecé a ver menos y menos a mis padres, incluso antes del Covid, y después, obviamente, la distancia aumentó.
Por suerte, si se puede decir así, cuando la madre de mi hija y yo nos separamos, y quizás por una necesidad de apoyo de su parte, comenzamos a vernos más y más. Es algo en lo que puedo reflexionar ahora, pero sucedió de manera natural y estoy muy agradecido de que haya sido así. Empezamos a ir más a su casa, casi todos los fines de semana y, con el tiempo, también durante la semana. Me ayudaban a cuidarla si necesitaba trabajar, si quería salir algún día con amigos o simplemente porque eran sus abuelos y querían pasar tiempo con ella. Al principio, sinceramente, me sentía culpable, porque siempre tenía en el fondo de mi mente el pensamiento de "¿por qué no hice esto antes?". ¿Por qué me permití –y permití a mi hija– quedar atrapados en este círculo vicioso llamado "vida familiar" y privarla de pasar ese tiempo con ellos, que pudieran ver cómo crecía, como empezaba a hablar, dar sus primeros pasos? Sí, fue un poco difícil por el Covid, pero me recuerda a una cita del poeta estadounidense Carl Sandburg que dice:
El tiempo es la moneda de tu vida. Es la única moneda que tienes, y solo tú puedes decidir cómo será gastada.
Honestamente, creo que al principio usé esta moneda de manera inconsciente con ellos, y luego de forma muy consciente, pero fue, sin duda, para bien. Le permitió a mi papá pasar tiempo con su nieta y verla crecer lo más que pudo. Le permitió llevarla a jugar en los parques, empezó a enseñarle a andar en bicicleta. Pudimos desayunar juntos los fines de semana que ella estaba conmigo, y como dormíamos en casa de mis padres durante esos días, mi papá siempre tocaba la puerta del dormitorio los domingos por la mañana y se metían a la cama a acurrucarse y ver televisión por un rato, hasta que era hora de levantarse e ir a la mesa. En cuanto a mi mamá, ella ha podido estar presente en todo su proceso de crecimiento, desde que empezó a ir al colegio, hasta ir de vacaciones juntos a la playa, además de tener su propio tiempo a solas con ella, haciendo pijamadas y viendo películas.
TIEMPO CON HIJOS/AS

En este gráfico, el tiempo que se pasa con los hijos alcanza su punto máximo durante un período aproximado de 20 años, que corresponde al tiempo desde que nacen hasta que se convierten en adultos y "abandonan el nido". Después de eso, el tiempo que pasamos con ellos disminuye mucho más rápido a medida que pasan los años. Como Sahil lo describe perfectamente: "Hay una ventana devastadoramente corta en la que eres el mundo para tu hijo. No parpadees y te la pierdas." Los datos aquí son profundos y duros, pero no me hicieron sentir mal como el gráfico anterior. Aunque creo que siempre hay margen para haber hecho más, no me arrepiento de ninguna parte del camino recorrido hasta ahora.
Cuando la relación definitivamente se rompió, me mudé a una casa y empecé a vivir con un par de amigos. Para mí, era sólo un lugar momentáneo, una transición, hasta que pudiera volver a ponerme de pie y encontrar un lugar propio. Pero tomé la decisión consciente de pasar el mayor tiempo posible con mi hija, así que seguí trabajando como freelance, mientras otros –principalmente mis padres– insistían en que debía conseguir un trabajo estable y seguro. No los escuché, porque mi enfoque estaba en otro lugar, en algo mucho más importante: Ampa y yo.
Durante el día, estaba completamente presente: jugábamos juntos, salíamos a pasear, le enseñaba a leer y escribir, hasta que llegaba su hora de dormir. Solo entonces me sentaba frente al computador y comenzaba a trabajar. El trabajo no existía cuando estábamos juntos. La mayoría de los días trabajaba hasta las 4:00 de la mañana, hasta que mis ojos no podían mantenerse abiertos. Dormía un par de horas hasta que ella despertaba, y luego a enfrentar el día otra vez. Fue duro y, con el tiempo, se volvió difícil sostener ese ritmo de vida. También noté que me había vuelto muy sensible con ella, en gran parte porque me estaba privando a mi mismo de muchas horas de sueño. Entonces tomé otra decisión consciente: detenerme y enfocarme en trabajar sólo durante las horas que realmente podía, entre el momento en que ella se dormía y cuando mi mente me decía que estaba agotado. Fueran dos o tres horas, no importaba. Lo que importaba era estar en el mejor estado mental al día siguiente para estar con ella, presente y bien. El tiempo para trabajar seguiría ahí si lograba trabajar de forma inteligente en vez de sólo trabajar duro.
A medida que pasaba más tiempo con ella, también empecé a desarrollar hábitos y rutinas que me permitieron estar plenamente presente, aprovechar el tiempo al máximo y tomar decisiones conscientes, que a la larga impactarían de forma positiva nuestras vidas si lograba ser constante, mantener el enfoque y vivir bajo una afirmación simple pero efectiva que grabé en mi mente: "Si yo estoy bien, ella también lo estará." Así que empecé a meditar, lo que me permitió ocuparme de lo importante en el trabajo y estar enfocado, además de ser un padre completamente presente en el tiempo que pasábamos juntos. Empecé a conocer nuevas personas y a retomar el contacto con amigos con quiénes había perdido conexión. Incluso empecé a salir de fiesta bastante, a veces hasta pasándome un poco con el alcohol, si soy honesto, pero sin perder el foco de lo realmente importante. Y lo más relevante desde una perspectiva personal: empecé a ponerme en forma, a hacer ejercicio, a comer mejor y a recuperar mi salud. Me había permitido llegar a un punto en el que no me sentía cómodo en mi propia piel, no me gustaba mi cuerpo ni mi apariencia, y también estaba preocupado por mi salud, así que agendé citas médicas para revisar que todo estuviera bien. Afortunadamente, así fue.
Todas esas pequeñas cosas, tomadas paso a paso, me permitieron recomponerme, empezar a disfrutar la vida, disfrutarla a ella y disfrutarme a mí mismo. Estar presente, ser consciente incluso de los detalles más pequeños, que muchas veces son los más importantes y los que solemos pasar por alto, es lo que hace que ser padre valga la pena. Poder decir NO a cualquier cosa que se interponga entre tu hijo y tú. Poder asistir a cualquier reunión de padres o actividad en la escuela. Tener la oportunidad –gracias a una decisión consciente– de ir a buscar a mi hija al colegio todos los días de la semana y, algunos días, también llevarla en las mañanas. Poder hacerla dormir por las noches, leerle cuentos e historias, y despertar con su amor, su sonrisa y su energía vibrante cada mañana. Porque ese es tiempo que no volverá, son momentos irrepetibles que sólo suceden una vez, y que nadie podrá quitarme, ni a mí ni a ella.
TIEMPO CON AMIGOS

El tiempo que pasamos con amigos alcanza su punto más alto alrededor de los dieciocho años y luego empieza a descender, estabilizándose a medida que envejecemos. Esta disminución tiene mucho que ver con el hecho de que, cuando somos jóvenes, solemos conocer –según una creencia común– a muchas personas y tener muchos "amigos" con quienes salimos, vamos de fiesta y viajamos. Pero con el tiempo, comenzamos a reducir el círculo cada vez más, hasta que logramos construir un grupo sólido con nuestros amigos más cercanos.
Cuando tenía alrededor de diecinueve años, en cierto modo encajaba con esa idea de "tener muchos amigos", o al menos eso era lo que quería creer, porque antes de esa edad tengo que decir que ni siquiera estuve cerca de eso –pero esa es otra historia. A medida que pasaba mi adolescencia, logré cerrar ese círculo y formar un muy buen grupo de amigos, en su mayoría mujeres, con quienes sigo manteniendo la amistad hasta el día de hoy. Pero antes de eso, como asumo que es parte del proceso natural de los seres humanos y las relaciones, las amistades tienen sus altibajos. Períodos de distancia, no por peleas, sino simplemente por la forma en que la vida es, o al menos así lo veía hace unos años. Te involucras en relaciones amorosas que te dan vuelta el mundo, probablemente te enamoras –yo sin duda lo hice–, y te sumerges tanto en ello que es como si te vendaras los ojos y no pudieras ver nada más allá de eso.
Cuando uno está enamorado, siempre empieza por engañarse a sí mismo, y siempre termina engañando a los demás.
La cita anterior proviene de la novela A Woman of No Importance (1893) de Oscar Wilde. Sugiere que el amor a menudo comienza con el autoengaño: nos convencemos de que es perfecto, ignoramos por completo los defectos, las malas situaciones y las señales de advertencia (red flags). Con el tiempo, ese autoengaño que comenzó con nosotros puede extenderse a otros, como amigos y familiares, ya que tratamos de mantener o justificar la ilusión de una relación feliz y perfecta. Me he encontrado en esa situación muchas veces y, la mayoría de las veces, terminó mal. Y, como resultado de la acción y la consecuencia, también terminé alejando a quienes siempre estuvieron ahí.
Por suerte para mí, esas amistades eran tan fuertes como podían serlo. Eventualmente, volví a reconectar con ellos, nuestras vidas pueden haber cambiado por diversas razones y circunstancias, pero hay algo que el tiempo no puede quitarle a una verdadera amistad: el amor. Este tipo de amor, el que nace entre amigos, es completamente diferente al de una relación amorosa. Si se cuida y se nutre bien, no puede romperse, ni siquiera con el paso del tiempo. Puede medirse en décadas y fortalecerse incluso a través de los malos momentos, las diferencias o incluso las peleas. Es incondicional.
El escritor, filósofo y artista estadounidense Elbert Hubbard tiene una frase atribuida a él, y aunque no hay una fuente directa que confirme que realmente le pertenece, creo que es simple y profunda:
Un amigo es alguien que sabe todo sobre ti y aún así te quiere.
En su esencia, esta frase se alinea con algunas filosofías de vida claves. Para mí, la que más resalta es la que habla sobre la autenticidad y los valores que forman parte de una conexión humana genuina. Sugiere que la verdadera amistad se basa en una comprensión profunda y una aceptación incondicional, a diferencia de las relaciones que pueden basarse en la idealización. Implica que los amigos reales no sólo conocen tus mejores cualidades, sino también tus defectos, errores y luchas, y aun así eligen quedarse, eligen quererte. Por lo tanto, la amistad auténtica e incondicional es constante, leal y honesta, a diferencia del amor, que a veces puede ser fugaz, obsesivo e incluso aislante si no se maneja bien y sin considerar al individuo dentro de la ecuación.
Creo que no deberíamos dar la amistad por sentada, no porque creamos que las personas estarán ahí si algún día las necesitamos, sino por una razón mucho más difícil de aceptar: porque su tiempo puede haber llegado y puede que ya no estén aquí. Al final, no se necesita un gran esfuerzo para devolver el cariño. No es necesario hacer una llamada de cinco horas o estar en contacto todos los días. Lo que sí se puede hacer es demostrar interés. Enviar un mensaje por la mañana diciendo que los quieres, preguntar si todo va bien, hacerse el tiempo para organizar algo juntos, más pronto que tarde, compartir unas copas, comer algo rico o simplemente conversar y reír. Son las cosas más simples y las acciones más pequeñas las que permiten que ese amor permanezca intacto.
TIEMPO A SOLAS

Al observar el gráfico, se puede notar que éste se diferencia bastante de los anteriores. El tiempo que pasamos solos en nuestros primeros años de vida es poco, ya que estamos rodeados de muchas personas de nuestro círculo cercano, como familiares y amigos. A medida que crecemos, desde la adolescencia hasta la adultez, y luego en la etapa de la vida en la que, si tuvimos hijos, ellos ya son adultos y quizás han formado su propia familia, el tiempo que pasamos con nosotros mismos aumenta sin detenerse.
Un rato a solas en tu habitación resultará más valioso que cualquier otra cosa que puedan darte.
Esta cita se atribuye al poeta persa del siglo XIII, Rumi. Su filosofía enfatiza temas como la reflexión interior, la auto-conciencia y el crecimiento espiritual. En este caso, se relaciona con el concepto de la soledad, vista como una forma de conectar con lo divino, profundizar en la comprensión de uno mismo y liberarse de las distracciones externas.
Aunque no estoy de acuerdo con algunos conceptos y afirmaciones de sus escritos, sí creo que hay algo sumamente poderoso en el concepto de la Soledad. Recuerdo haber hablado con algunos amigos en algún momento de la vida sobre nuestros miedos, y mencioné que uno de mis mayores temores –junto con el miedo a la muerte– era estar solo o "quedarme solo". Quizás esa sea una de las razones por las que, durante un período de mi vida, me lancé en un viaje ciego, aferrándome a cualquier persona o cosa que me hiciera sentir que no estaba solo, ya fueran amigos que no eran realmente amigos, parejas con relaciones que no duraban demasiado o que, si duraban, no eran precisamente las mejores.
Creo que todos, en mayor o menor medida, llevamos ese miedo dentro, y eso nos confunde y nos empuja a tomar decisiones –conscientes o inconscientes– que al final resultan en malas experiencias. Pasé un tiempo intentando desglosar y analizar la cita de Rumi, mientras también leía otras cosas de él, y creo que llegué a una interpretación que puede tener sentido para muchos de nosotros:
"Un rato a solas"
Creo que la mayoría de las personas, incluyéndome a mí hace un tiempo, confunden "estar solo" con "sentirse solo", y creo que ese era el verdadero origen de mi miedo. Desde que comencé a meditar, algo que he estado haciendo por varios años ya, he podido entenderme mejor, conocer quién soy en mi esencia, qué cosas realmente me gustan y cuáles no. Ahora tengo la confianza suficiente para decidir qué personas, situaciones y experiencias permito en mi vida, sin preocuparme por aquellas que claramente no aportan nada positivo. Puedo detectar cuando algo o alguien me saca de mi equilibrio, y tengo las herramientas necesarias para volver a él de manera rápida y consciente.
También hay muchos conceptos erróneos sobre la meditación. He escuchado frases como "No puedo meditar", "No soy capaz de silenciar mi mente" o "Eso no es para mí", y estoy 99% seguro de que esto se debe a la creencia común de que meditar implica desconectarse del mundo, silenciar la mente y dejar de pensar. Emily Fletcher, fundadora de la Escuela de meditación Ziva, señala esto directamente. Extraje esta cita del libro The Code of the Extraordinary Mind de Vishen Lakhiani, que dice:
El objetivo de la meditación no es volverse bueno meditando. El objetivo de la meditación es volverse bueno en la vida... Si comprendemos que el propósito de la meditación es mejorar nuestra vida y no sólo mejorar en la meditación, y si aceptamos la realidad de que nadie puede darle a su mente la orden de dejar de pensar, entonces todo se vuelve mucho más inocente, más ligero y más disfrutable. Intentar darle a tu mente la orden de dejar de pensar es tan efectivo como darle a tu corazón la orden de dejar de latir: simplemente no funciona.
Mi intención al compartir esto tiene que ver con el hecho de que, cuando intentamos algo nuevo y no obtenemos resultados inmediatos, solemos rendirnos. Dejamos de intentarlo. Nos cerramos a la posibilidad de descubrir algo que podría contribuir positivamente a nuestro desarrollo personal y a la creación de hábitos transformadores, que no sólo mejoran nuestra vida, sino que también pueden impactar positivamente a los demás y al mundo en general. No necesitas detener el mundo para poder encontrarte a ti mismo; de hecho, el mundo seguirá girando, contigo o sin ti. Lo que necesitas es salir del bosque por un momento para poder ver todos los árboles, para notar la belleza que existe fuera de la cabaña en la que a veces se convierte nuestra mente. Si logras comprenderte a ti mismo lo mejor posible, también podrás entender a los demás y todo lo que te rodea. Serás capaz de desarrollar empatía, algo que tanta falta hace en el mundo actual.
"En tu habitación"
Aquí, la "habitación" simboliza tu espacio personal y privado, el santuario que es tu mente. Es el lugar donde tienes control absoluto sobre tus pensamientos, que luego se traducen en emociones y, a su vez, en las decisiones y acciones que tomas a diario. Es también donde reside tu sabiduría, junto con todo el conocimiento que te permite vivir plenamente. Si permites que otras personas o situaciones externas influyan en tus pensamientos, las emociones que se generen afectarán negativamente tu capacidad de tomar decisiones. En cambio, si tienes plena conciencia y control sobre lo que piensas, tus emociones y acciones estarán alineadas con tus objetivos, deseos y el camino que quieres recorrer en la vida.
"Resultará más valioso que cualquier otra cosa que puedan darte."
Rumi sugiere que las cosas más valiosas de la vida, como la claridad, el propósito y la sabiduría interior, sólo pueden encontrarse dentro de uno mismo. Nadie más puede brindártelas, porque nadie te conoce mejor que tú mismo. "Regalos" externos como el dinero, las posesiones materiales o incluso la validación de los demás no se comparan con la paz y el autoconocimiento que puede traer la Soledad. Si logramos comprender la Soledad, podemos convertirla en una herramienta de crecimiento personal, en lugar de algo a lo que temer. En un mundo lleno de redes sociales, trabajos agotadores de 9 a 6, relaciones tóxicas y un ruido constante, la soledad se convierte en un verdadero lujo.
Creo que ahora veo el tiempo de una manera diferente, no sólo por el libro, que obviamente ayudó, sino porque me hizo darme cuenta de lo que he estado haciendo con él en los últimos años y de cómo lo he manejado. No es ni bueno ni malo, simplemente es distinto. He logrado aprovecharlo más que antes, ya sea en los momentos que he disfrutado con mi hija, con mis amigos o con mi familia, o incluso conmigo mismo. Soy más consciente de él, más consciente de que no se puede dar ningún momento por sentado.
Se trata de notar las pequeñas cosas, esas que usualmente dejamos pasar como si no tuvieran importancia. Como salir a caminar y sentir el sol tocando tu rostro. Reunirse con amigos o con la familia y no quedarse mirando el teléfono. Disfrutar ese café por la mañana antes de comenzar el día. En los momentos en que parpadeas, hay millones de cosas sucediendo a tu alrededor que quizás no notaste. Tal vez te perdiste algo importante que alguien dijo, o no escuchaste una risa o una palabra hermosa que iba dirigida a ti. Tal vez dejaste pasar a esa chica o ese chico que pudo haber sido el amor de tu vida, o un gran amigo con quien compartir. Nos quedamos tan atrapados en nuestros propios problemas, enredados dentro de nuestros pensamientos, que olvidamos que eventualmente ya no estarán, porque, por más cliché que suene, nada es para siempre, ni siquiera nuestros problemas.
Hay una sensación hermosa que viene inmediatamente ligada cuando aprendemos a estar presentes, cuando comprendemos que nuestro tiempo aquí es finito, que tiene una fecha de caducidad. Puede que no sepamos cuándo será, pero hasta entonces, podemos decidir cómo aprovecharlo al máximo. Esa sensación se llama paz. Así que vive en paz, sabiendo que todo está bien, pero que depende de ti encontrarla, aferrarte a ella y no permitir que nada ni nadie te convenza de que la vida está destinada a ser algo diferente a ser plenamente vivida. Ama sin perderte a ti mismo, valora la amistad sin condiciones, abraza la soledad sin miedo y, sobre todo, usa tu tiempo sabiamente, porque al final, el tiempo no es algo que poseemos; es algo que experimentamos.