Paths.

Publicado el Sábado 22 de Marzo, 2025

¿Es la vida sólo un laberinto de decisiones—retorcidas, entrelazadas, a veces hechas pedazos—donde cada giro se siente como una apuesta?
¿Dónde cada paso hacia adelante carga con el peso de lo que pudo haber sido, y cada desvío se siente como un fracaso?
¿Sólo entendemos el significado de todo cuando ya estamos demasiado inmersos como para volver atrás?
¿Y si el camino nunca estuvo mal?
¿Y si la duda, el miedo y el derrumbarnos… nunca fueron errores, sino el verdadero trayecto—hacia algo más profundo, más pleno, más silencioso?
¿Y si cada decisión, por incierta que sea, es en realidad un paso hacia eso que todos anhelamos, pero que rara vez nos atrevemos a nombrar—la felicidad?

Gran parte de nuestra vida está hecha de decisiones—muchas más de las que podríamos contar con ambas manos. Momentos en los que se nos pide elegir entre esto o lo otro, analizando cada paso al extremo:

¿Es lo correcto para mí?
¿Será un error?
¿O simplemente es momento de confiar y lanzarse al vacío?

Y quizás, más seguido de lo que pensamos, simplemente seguimos avanzando—sin detenernos a mirar el camino que ya trazamos. Ese que, decisión tras decisión, nos trajo hasta acá—hasta quienes somos actualmente.

Un Giro Silencioso

Hay una belleza extraña en ese instante en el cual logras salir del torbellino de la vida—aunque sea por un momento—y te permites mirar hacia atrás. Volver a visitar el peso de decisiones pasadas, y los lugares donde todo se quebró.

Para mí, ese momento llegó en uno de los capítulos más oscuros de mi vida.

Cuando la mamá de Ampa y yo decidimos separarnos, caí—profundamente.
Mentalmente.
Físicamente.
Ya venía arrastrando una lucha mucho antes de eso.
Alrededor de un año antes, intenté quitarme la vida.
Elegí un cuchillo.
Uno mal afilado.
No causó mucho daño físico—sólo dejó unas marcas en mi brazo que eventualmente se borraron.
Pero las cicatrices reales no.
Se tallaron en lugares que nadie puede ver.

Cuando ellas se mudaron por un tiempo—para darnos espacio, para entender cómo seguir—me quedé solo.
Un mes entero en esa casa.
Solo.
Y como fantasmas que nunca se habían ido del todo, los recuerdos de ese año volvieron—esta vez más fuertes.
Más vívidos.
Más convincentes.

Volví a pensar.
En finales.
En cómo detener el dolor.
En cómo lo único que había deseado desde que nació Amparo—un hogar, una familia, un futuro—se estaba deshaciendo frente a mí.

Pasé ese mes entero en soledad.
Sin llamadas.
Sin responder mensajes.
Me borré del mundo, por decisión propia.
Me desconecté por completo—sólo yo, cuatro paredes y una mente que se sentía más pesada cada día.

Vi series en Netflix, una tras otra. Al menos, mis ojos lo hacían. Mi mente no estaba ahí.
Entumecida.
Ausente.
Perdido en un lugar intermedio, donde el tiempo no importaba y las emociones venían en oleadas que no sabía surfear.

Hasta el día de hoy, no recuerdo ni una sola serie. No dejaron rastro. Porque nada podía alcanzarme—ni siquiera la ficción.

En las noches, escribía cartas.
Páginas llenas de disculpas, arrepentimientos y despedidas en silencio—a mi hija, a mis papás, a mis amigos, a la versión de mí que no logré ser.
Cartas que nunca tuve intención de enviar.
Cartas que después quemé.
Porque tal vez esperaba que dejar que el fuego consumiera el papel, impidiera que la oscuridad me consumiera a mí también.

Pensé en cómo podría terminar todo.
Cómo se sentiría.
Cómo se vería.
Pensé en el momento posterior, en quién me encontraría, en cómo se romperían por dentro.

Me imaginé el rostro de mi mamá.
El silencio de mi papá.
La incredulidad de mi hermano.
Y lo peor de todo—me imaginé a Amparo creciendo con esa pregunta sin respuesta dentro suyo:
¿Por qué no se quedó?

Esa idea, por sí sola, fue suficiente para alejarme del borde.
No por mucho.
Pero lo suficiente.

Los únicos momentos en que salía de la casa eran por Ampa.
En los días en que el peso se aliviaba apenas un poco, la iba a buscar.
Íbamos por un helado, al parque, jugábamos un rato—fingíamos que el mundo no se estaba cayendo a pedazos.
Y después volvía, de nuevo a esa rutina fantasmal de ser menos que nada.

Ni siquiera podía dormir en mi propia cama.
Durante un mes, me acurruqué sobre el escritorio de la oficina, envuelto en una manta que tenía más tristeza que calor.

No era sólo una manta—estaba empapada de arrepentimiento, de recuerdos, y del dolor de ver cómo todo se me escurría entre los dedos.
No sabía cómo salir.
Ni siquiera sabía si quería hacerlo.

Hasta que un día—en medio de ese scroll infinito, perdido en mi teléfono—apareció una historia.

Y algo hizo click.

Elegir Quedarse

A veces, la vida sabe cuándo estás al borde. Y cuando no estás buscando una salida, deja una puerta entreabierta—lo justo para que la luz se cuele.

Así fue como pasó.
No fue una conversación profunda.
No fue alguien preguntando cómo estaba.
Sólo una historia o un post—en Instagram o Facebook, ni siquiera lo recuerdo bien.
Pero ahí estaba.

Una amiga de los años en la universidad, publicando que ella, su pareja y un amigo estaban buscando un roommate. La casa quedaba a menos de diez minutos de donde vivía Ampa. No era lujosa, pero era algo.

Una habitación.
Un techo.
Una oportunidad.

Y quizás, más que nada, se sentía como cercanía—con ella, con algo estable, con algo que quizás pudiera parecer un nuevo comienzo.

Al mismo tiempo, también estaba viendo departamentos, intentando averiguar si podía conseguir algo propio. Pero el muro seguía ahí, donde siempre había estado: el dinero. El estallido social, la pandemia, y los escombros que dejaron atrás me habían golpeado con todo.

El trabajo freelance escaseaba.
La concentración... aún más.
Mi mente seguía nublada, aún demasiado rota como para funcionar bien.

Pero esa casa...
Ese post...
Esa posibilidad...

Le escribí. Fui a verla. Vi la habitación. Y algo dentro de mí—quizás la parte que todavía no se rendía—dijo: Es hora.

Hora de moverse.
Hora de dejar de mirar atrás.
Basta de arrepentimientos.
Basta de espirales.
Basta de dejar que la tristeza tenga el control.

Tenía una hija. Y quería ser el mejor puto padre que pudiera ser—costara lo que costara.

En cuestión de días, hice los arreglos.
Empaqué lo que tenía.
Desarmé mi cama.
Llamé un camión.
Y me fui—No hacia la vida que alguna vez planeé, sino hacia la que estaba listo y decidido a construir.

Pieza por Pieza

A medida que pasaban los días y los meses, empecé a vivir de nuevo.
Me enfoqué en el trabajo—contacté a clientes que había dejado botados durante los días más oscuros, y de a poco comencé a construir un ingreso más estable.

Poco a poco, volví a mí.
No en un momento dramático que lo cambia todo—sino en formas pequeñas, silenciosas.
Como regar una planta sin darte cuenta de que creció… hasta que un día, sus hojas tocan la luz.

Contacté a un amigo que era personal trainer y empecé a entrenar.
No duró mucho.
Pero ese no era el punto.

Lo que me dio fue mucho más importante que músculo.
Me dio confianza—ese tipo de confianza que no sentía hace años.
Me recordó que aún podía sentirme bien en mi propia piel.
Que todavía estaba aquí.
Que valía la pena aparecer, incluso para mí mismo.

Pero también sabía que mi mente no había vuelto del todo—ni cerca.
Así que seguí buscando.
No una forma de adormecer el dolor—sino una forma de vivir con él.
De atravesarlo.
De usarlo, incluso.

Fue ahí cuando llegué a la meditación.
Al principio, fue sólo algo para probar.
Una herramienta. Un “quizás”. Un susurro de paz.

No fui constante al comienzo, pero el silencio que me daba era adictivo.
No la ausencia de pensamiento—sino la calma.
El espacio.
Un momento de quietud después de años de caos.

Paz.

Ese cambio interno me dio espacio para ver lo que realmente importaba:
Ampa.
Nosotros.
La vida.

La meditación me dio estructura.
Esa estructura se volvió ritmo.
Ese ritmo se volvió rutina.
Y esas rutinas se transformaron en un salvavidas—no para escapar, sino para conectar.
Para volver a sentir.
Para volver a amar—aunque fuese de forma imperfecta.
Para mantenerme cuerdo en un mundo que alguna vez sentí que se desarmaba a mi alrededor.

Empecé a cuidar de mí—no solo físicamente, sino emocionalmente.
Dejé que la gente volviera a entrar—en esos rincones oscuros que había sellado por demasiado tiempo.
Esa cueva sagrada y rota que jamás creí que alguien pudiera entender.

Y de a poco, empecé a encontrar alegría de nuevo.
No en grandes momentos—sino en lo ordinario: un café por la mañana, música en los parlantes, una caminata sin el teléfono, la luz del sol golpeando la pared a las siete de la tarde.

Empecé a esperar cosas buenas—me di permiso para dejarlas llegar, incluso cuando todavía no lo creía del todo. Incluso cuando nada en el pasado las hubiera garantizado.

Dejé de perseguir la felicidad como si fuera una meta—y empecé a dejar que me encontrara en el silencio.
En lo simple.
En esa quietud de la que antes huía.
En esa suavidad que no significaba debilidad—sino sanación.

Quizás eso es sanar, en realidad—
No esperar que te salven, sino elegir salvarte tú mismo.
Un respiro.
Una rutina.
Un pensamiento amoroso a la vez.

Porque sanar no siempre llega con respuestas.
A veces, son las preguntas las que te salvan:

¿Qué siento ahora mismo?
¿Qué necesito?
¿Qué puedo soltar?

Y todo eso me llevó a algo que venía deseando desde hacía tiempo: Presencia.

No quería solo sobrevivir.
Quería estar más presente.
No sólo para visitas o tardes en el parque—quería tiempo.
Conexión.

Así que pregunté si Ampa podía empezar a quedarse a dormir algunos días.
Al principio no fue mucho.
Pero fue suficiente.

Suficiente para construir lo que más importa:
Amor.
Confianza.
Hogar.

Hogar Es Donde Está el Corazón

Y una vez más—la vida, con su extraño y hermoso sentido del tiempo, encontró la forma de recompensar las decisiones tomadas desde el amor: amor por los demás, amor por la vida misma y—finalmente—amor por mi mismo.

Después de un tiempo viviendo juntos, las personas que se habían convertido en mis roomies—mi tribu—decidieron que era momento de un cambio. Teníamos dos opciones: buscar un nuevo lugar juntos… o tomar caminos separados.

No fue fácil. Habíamos construido algo. Comidas compartidas, risas, conversaciones de madrugada y silencios llenos de presencia. Esa casa no eran sólo paredes y muebles. Era una especie de capullo. Y dentro de él, había empezado a volver a ser yo.

Esas conversaciones—las que tuvimos en los sillones, en los pasillos, con copas que se transformaban en horas—no eran sólo charlas triviales.

Eran puentes.
Me devolvieron a la vida, a algo real.
Me recordaron algo que había olvidado:

Que no somos nada solos.
Que la soledad no es sólo estar sin gente—es estar desconectados.

Porque no sólo existimos junto a los demás.
Nos moldeamos entre nosotros.
Nos sanamos entre nosotros.
Nos convertimos en quienes somos a través de los demás.

Hay una razón por la que como especie sobrevivimos—no fue tan sólo por fuerza, ni inteligencia, ni suerte.

Fue por comunidad.
Fue por pertenencia.
Fue por saber que, incluso cuando todo lo demás se pierde, aún nos tenemos.

Y yo… lo volví a sentir.

Pero también sabía… que necesitaba espacio.
Mi propio espacio.

Incluso antes de que naciera Ampa, siempre había querido eso: un lugar sólo mío.
Para decorar.
Para moldear.
Para llenar de luz, música y recuerdos.
Solía imaginarlo—antes de que la vida me llevara por otro camino.

Me imaginaba eligiendo los muebles, colgando cuadros, poniendo libros en estantes donde pertenecieran.
Me imaginaba un lugar que se sintiera como yo.
No sólo una casa. Un reflejo.

Pero la vida tenía otros planes. Y lo dejé de lado. No por arrepentimiento—sino por responsabilidad. Tenía que construir otra cosa primero.

Una familia.
Una base.
Y lo hice.

Pero es extraño cómo funciona la vida.

A veces, eso que tuvimos que soltar… vuelve.
No de la forma en que lo esperábamos.
No como lo habíamos planeado.
Pero de una forma que cobra sentido cuando finalmente llega.
Había esperado años por un hogar propio.
Y ahora, sin buscarlo, la vida me puso uno frente a mí.

Una amiga de una amiga se iba a vivir a otro continente, y su departamento—hermosamente ubicado, sorprendentemente accesible—estaba disponible. Me recomendó. Y lo conseguí. Estaba a quince minutos de Ampa. Y, finalmente, un espacio al que podía llamar hogar.

Entrar por esa puerta por primera vez fue como respirar después de años conteniendo el aire. No tenía más que lo básico—mi cama, mi ropa, algunas cosas que había arrastrado de lugar en lugar. Las paredes estaban vacías. Las habitaciones, en silencio. Pero eran mías.

Por primera vez, podía moldear un espacio en mis propios términos.
No como hijo.
No como pareja.
No como invitado.
Sino como yo.

Empecé con poco—una vela sobre la mesa, una alfombra en el living, una canción sonando por los parlantes que hacía que todo se sintiera como hogar.
Pero poco a poco, lo fui llenando.
De cosas.
De calidez.
De esa sensación de pertenencia, no sólo a un lugar—sino a mí mismo, otra vez.

Porque tal vez un hogar no sea sólo un techo sobre tu cabeza.
Tal vez sea la sensación de cerrar la puerta y saber que estás a salvo.
Tal vez sea un silencio que no suena a soledad, sino a paz.
El aroma de tu propio café.
La playlist que finalmente suena como debe sonar.
La libertad de desarmarte—o reconstruirte—sin que nadie te mire.

Tal vez el hogar es ese primer lugar donde realmente exhalas por completo.
Donde tus fantasmas no te persiguen, se sientan a tu lado.
Donde las paredes no te encierran, te contienen.
Donde puedes reír sin encogerte, llorar sin pedir perdón, y reconstruirte sin pedir permiso.

Porque sí—el hogar es donde está el corazón.
Pero sólo después de que el corazón ha vagado, se ha roto, se ha sanado… y finalmente encontró una razón para quedarse.
Tal vez el hogar es el lugar donde tu corazón vuelve a encontrarse consigo mismo.

El largo camino de regreso

Mirando hacia atrás—después de más de tres años en este lugar que ahora llamo hogar—nuestro hogar—puedo decir esto con claridad: Siempre se ha tratado de las decisiones. No sólo de las que evitas. Sino, sobre todo, de las que eliges.

Mientras iba moldeando mi vida día a día, hábito por hábito, empecé a notar algo extraño—el universo de alguna forma cambió.
No de golpe.
No como por arte de magia.
Pero sí de forma innegable.

Las cosas comenzaron a alinearse. Lento. Con intención.
Casi como si hubieran estado esperando que yo los alcanzara.
No estaba haciendo nada espectacular—sólo estaba siendo presente. Enfocándome en el ahora. En lo que importa.

Estar presente.
Ser útil.
Estar consciente.
Ser amoroso.
Ser hijo.
Ser amigo.
Ser papá.

Pero incluso, las cosas no eran perfectas. Estaba trabajando duro para construir un ingreso estable, pero algunos meses apenas lograba sobrevivir. La ansiedad de ver que se acercaba el día del pago del arriendo y contar monedas a fin de mes no se había ido.

Y a pesar de todo—desde el momento en que me fui de casa—siempre me hice cargo de Ampa. Siempre.

Di lo que pude, y muchas veces más. Hubo momentos en que di el doble, incluso el triple de lo que se esperaba—porque nunca se trató de una obligación. Se trataba de estar.

Pagué su salud.
Cubrí su educación.
Y más que nada, le di mi tiempo.

No sólo visitas. No sólo fines de semana.
Yo estaba ahí—realmente ahí.

Me aseguré de que nuestro tiempo fuera 50/50.
Estuve ahí no sólo como apoyo, sino como su otro hogar.
El que la iba a buscar, le daba de comer, jugaba con ella.
El que la paseaba por los parques y la cargaba cuando sus piernas ya no daban más.
El que se desvelaba entre fiebres y noches inquietas.
El que le enseñó a tomar un lápiz, a trazar letras, a pronunciar palabras.
El que le mostró cómo contar estrellas y sílabas, cómo decir “Te amo” en inglés, y cómo sentirlo en todos los idiomas.

Pasábamos días juntos con mis papás, mi hermano—nuestra familia.
No sólo quería proveer—quería que ella sintiera lo que es ser amada, vista y cuidada.

Incluso cuando las cosas estaban apretadas, me las arreglaba—porque ella es lo primero.

Pero eventualmente, tuve que ser honesto. Me senté con su mamá y le dije: Tenemos que formalizar esto. No por conflicto. Sino por claridad. Por respeto.

Así que comenzamos el proceso de mediación—para establecer estructura y acuerdos.
Porque tod@ hij@ de padres separados merece estabilidad.
Merece ser apoyad@ y cuidad@.
Merece saber que su padre está presente—aunque sea en papel.
No fue fácil económicamente.
Pero era esencial—emocionalmente.

Y con esa claridad, supe que tenía que subir el nivel. Necesitaba encontrar una forma de generar más—de forma constante. No sólo para sobrevivir, sino para proveer y respirar.

Decidir buscar un trabajo de tiempo completo no fue fácil.
Trabajar freelance había sido mi vida por años—no sólo una decisión laboral, sino algo que construí desde cero.
Me dio libertad.
Control sobre mi tiempo.
Y más importante aún, me permitió estar presente para Ampa de una forma que un trabajo de 9 a 6 jamás habría permitido.

Pero la libertad sin estabilidad es otro tipo de trampa.

Y aunque amaba la flexibilidad, también estaba agotado. El peso mental de la incertidumbre constante—corriendo detrás de facturas, parchando lo justo para llegar a fin de mes—me estaba quemando por dentro, en silencio.

Así que sí, la decisión fue difícil. Porque no sólo estaba eligiendo un trabajo. Estaba eligiendo intercambiar algo de tiempo con mi hija, a cambio de poder darle más de todo lo demás: seguridad, constancia, tranquilidad.

Mi hermano me contó de una vacante en diseño web en un puesto de gobierno. Postulé. No quedé. Pero eso me llevó a algo mejor.

Mientras juntaba referencias para mi CV, contacté a clientes antiguos—y también al jefe de mi primer trabajo, hace más de diez años. Le mandé un correo sin esperar mucho. Pero su respuesta me pegó como una brisa de aire fresco:

"Hey… ¿y si vuelves a trabajar con nosotros mejor?"

Una vez más, de la nada, se abrió una puerta. Una que ni siquiera sabía que todavía estaba caminando hacia ella. La empresa había crecido enormemente. La oferta era mejor de lo que imaginaba. Me pidieron que dijera cuánto quería ganar—y dijeron que sí.

Así, tal cual. Cubría todo.
Arriendo.
Comida.
Pensión.
Deudas.
Pero lo más importante, me permitió dejar de sobrevivir… y empezar a vivir.

Y no podía evitar pensar—¿y si no hubiera pedido esa referencia?
¿Y si no me hubiera arriesgado a postular a algo más primero?
¿Habría llegado todo esto a mis manos igual?
¿O el camino estaba esperándome… a que yo creciera para poder seguirlo?

Convertirse

Y aquí estoy—volviendo a las preguntas.

Porque el crecimiento no vive en las respuestas. Vive en el coraje de preguntarte lo que duele. De mirar atrás—no para quedarte ahí, sino para entender cómo se formó el suelo en el que hoy pisas.

¿Y si la relación no hubiese terminado?
¿Habría durado?
¿Me habría roto después, más profundamente?
¿Alguna vez me habría vuelto a encontrar a ?

¿Y si me hubiera ido a vivir con mis roomies?
¿Seguiría esperando que mi vida cambiara, en vez de estar construyéndola con mis propias manos?

¿Y si me hubiese ido de vuelta con mis papás?
Seguro.
Cómodo.
¿Pero desconectado de la persona en la que me quería convertir?

¿Y si no hubiese mandado ese mail pidiendo una referencia?
¿Seguiría luchando para llegar a fin de mes?
¿Se habría abierto otra puerta de alguna otra manera?

¿Y si no hubiese aceptado ese trabajo?
¿Seguiría corriendo detrás de ingresos inestables—sobreviviendo apenas?
¿Me habría perdido de encontrar la estructura que no sabía que necesitaba?

¿Y si nunca hubiese dejado de ser freelance?
¿Habría mantenido la libertad, pero perdido el suelo bajo mis pies?

¿Y si ese día… hubiese decidido terminar con todo?
¿Habría sido más fácil?
¿Habría resultado algo bueno de aquello?
Por ningún motivo.

Me habría robado todo lo que vino después:
Cada risa con Ampa.
Cada trago con amigos.
Cada abrazo con mi familia.
Cada pedacito de paz ganado a pulso.
Cada mañana en mi propia casa, cada pequeña victoria que antes parecía imposible.
Me habría robado la prueba—la prueba de que mejora.

Así que no—la vida no está hecha para ser vivida en base a los “¿Y si?”. Porque en el segundo en que caes en ese espiral, te pierdes de lo que está desenvolviéndose, silenciosamente, frente a tus ojos.

Las puertas que aún no ves.
Las ventanas que se empiezan lentamente a destrabar.
Ese susurro suave, pero obstinado, del universo diciéndote:
“Resiste. Algo viene en camino.”

Y ahora… te hablo a ti.

A ti—que quizás aún estás metid@ en eso.
Que estás cansad@.
Perdid@.
Fingiendo sonrisas.
Funcionando por inercia.

Déjame decirte algo que a mí me habría gustado que alguien me dijera:

No estás rot@.
Estás convirtiéndote.

No llegaste tarde.
No estás demasiado lejos.
Estás justo en esa parte de la historia donde el fuego no te destruye—hace lo contrario.
Abre espacio para el crecimiento.
Para la tierra.
Para las raíces.
Para lo que viene después.

No necesitas tener todo resuelto.
No necesitas saber a dónde va todo esto.
Sólo necesitas respirar.
Y dar ese siguiente pequeño paso.

Aunque te tiemblen las manos.
Aunque se te quiebre la voz al decir: “Aún sigo aquí.”

Porque a eso responde la vida—no a la perfección, sino a la presencia—y a la decisión de seguir apareciendo.

La vida se revela para quienes se quedan en ella.
Para quienes siguen caminando, incluso cuando el camino desaparece.
Para quienes todavía creen—aunque no sepan exactamente en qué.

Así que deja que llegue el final.
Deja que se caiga.
Deja que arda, si tiene que arder.

Porque lo que es realmente para ti no se va a desvanecer—te va a esperar.
O volver.
O transformarse.

¿Y si no lo hace?
Vas a construir algo mejor.
Más sabio.
Más verdadero.

Porque no eres débil por caer.
No estás fallando por sentirte perdid@.
No vas atrasad@.
Estás convirtiéndote.

Y si llegaste hasta aquí—si estás leyendo estas palabras con un corazón que aún late, con un alma que todavía busca—Entonces ya lo estás haciendo. Ya estás resurgiendo.

Y al igual que yo—o quizás a tu manera, silenciosa e inesperada—vas a abrir los ojos, mirar hacia atrás, entender, y verlo por lo que realmente fue: no un final.

Sino el comienzo—oculto a plena vista, incluso cuando todo parecía desmoronarse—
un laberinto de caminos silenciosos y entrelazados desplegándose bajo tus pies, justo ahí, en medio de todo lo demás.

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