Dreams.
No sirve de nada vivir en los sueños y olvidarse de vivir.
– J.K. Rowling, Harry Potter and the Sorcerer’s Stone. –
¿Qué son los sueños, realmente? ¿Son sólo pensamientos fugaces, guardados en el rincón más profundo de nuestra mente, esperando desvanecerse como recuerdos lejanos? ¿Sanarán y desaparecerán, como una pequeña herida en un dedo—una simple marca más del paso del tiempo? ¿O son algo mucho más grande—algo que nos impulsa, nos moldea y nos lleva hacia adelante incluso cuando todo lo demás parece detenerse? Tal vez los sueños no sean sólo deseos, sino la fuerza misma que nos empuja a través de la oscuridad, recordándonos que, sin importar cuántas veces caigamos, siempre podemos volver a levantarnos. Quizás no están hechos sólo para ser alcanzados, sino para enseñarnos quiénes somos en el proceso.
Una vez tuve un sueño, uno muy grande. Comenzó cuando tenía unos diez u once años. En ese tiempo tenía un montón de amigos, a quienes llamaba "los amigos de casa", porque eran con los que jugaba fútbol y hasta béisbol en el barrio, sobre todo en vacaciones, además de hacer tonteras de cabros chicos en las que ni siquiera voy a entrar en detalles. Pero en el colegio la historia era completamente distinta. Era muy pequeño y flaco, con lentes que eran casi del porte de mi cabeza, y con un "estilo" que era nerd por donde se le mirara—culpo a mis papás en todo el sentido de la palabra. Y por ese estereotipo, me hacían bullying todo el tiempo. Lo más triste es que, en esa época, el bullying se veía como algo normal, como "cosas de niños". Pero sólo fui realmente consciente de sus implicancias y consecuencias muchos años después, ya siendo adulto.
Encontrando El Sueño
Por eso nunca me gustó mucho el colegio. Siempre estaba buscando algo más, y así fue como empecé a ver mucho tenis en la tele. Eran los años en los que Marcelo "Chino" Ríos estaba en todas partes, era la nueva estrella del tenis y estaba en camino a convertirse –lo cual finalmente fue– en el número 1 del mundo. Recuerdo verlo jugar con tanta facilidad y simpleza, como si ni siquiera estuviera intentando, completamente sin esfuerzo. Hasta que llegó el día en que le ganó a Andre Agassi –si no me equivoco, fue en el torneo de Indian Wells– y lo único que pude escuchar fueron los gritos y cánticos de todo el barrio, además de los de mis papás, que estaban en la pieza de al lado o en la cocina viéndolo también. Fue tan ensordecedor que algo dentro de mí simplemente se activó: yo quería exactamente eso. Así que fui donde estaban mis papás y les dije que quería jugar tenis, a lo que se miraron entre ellos y dijeron: "ok, veamos qué se puede hacer".
Mi familia nunca ha sido de dinero. Lográbamos vivir bien, tener un auto decente, comprar la casa con créditos bancarios, y mi hermano y yo tuvimos la "suerte" de ir a un colegio particular pagado, pero hasta ahí nomás, y éramos felices, que era lo más importante al final del día. El tenis, sin embargo, era otro cuento. Es uno de los deportes más caros del mundo. Hay que comprar raquetas, zapatillas, ropa, pagar un entrenador y tener los medios para jugar torneos y viajar. Por suerte, el banco donde trabajaba mi papá en ese entonces tenía un complejo deportivo relativamente cerca de la casa, y los niños podían tomar clases ahí sin costo. Así que un día fuimos, compramos una raqueta para niños –que no eran tan caras–, algo de ropa simple, unas zapatillas y, una mañana, llegamos al estadio y mi papá me inscribió. Estaba en éxtasis total. Había como cuatro o cinco canchas de tenis, cuatro canchas de fútbol profesionales, un gimnasio y un montón de otras cosas. Era perfecto.
Empecé a ir todos los sábados a las 9:00 AM, sólo por una hora, que era el tiempo en el que los niños aprendían lo básico: moverse en la cancha, pegarle a la pelota, agarrar y manejar bien la raqueta, conocer las reglas, entre otras cosas muy simples. La cosa es que era bueno, y aprendía más rápido que los demás niños de mi edad. Así que en un par de meses le dijeron a mi papá que tenía que subir al siguiente nivel y entrenar con niños más grandes –de edad nomás, porque en tamaño yo seguía siendo enano. Desde ahí, fue el paraíso en la tierra, porque además empecé a hacerme notar entre los adultos que entrenaban y jugaban ahí. Muchos eran compañeros de trabajo de mi papá y le pedían a los entrenadores que me pusieran a "sparrear" con ellos, lo que en realidad era alimentar su propio ego, pegándole más fuerte a la pelota y sintiéndose mejor consigo mismos, porque claro, estaban jugando con este cabro chico. Lo que no esperaban era que el cabro les sacara la cresta de una forma tan humillante, al punto de que más de una vez las raquetas terminaban hechas pedazos, y los gritos y chuchadas se escuchaban por todo el complejo.
Llegué a ser tan bueno que, después de que la gente terminaba de jugar fútbol en las canchas de alrededor, muchos se iban a ver tenis. Y sí, era yo jugando contra adultos. Mi papá, de vez en cuando, recibía comentarios en la oficina como: "Oye, ¿qué onda tu hijo? Me hizo mierda el fin de semana pasado". Imagínate su pecho inflado de puro orgullo.
Poco después, ya no iba sólo una hora los sábados, sino también los domingos, desde las 9:00 AM hasta las 5:00 PM. Entrenaba con los niños en la mañana y luego pasaba el resto del día jugando con los adultos hasta muy tarde. Con los años, también empezaron a hacer clases durante la semana, a las que obviamente me comprometí de inmediato. Así que mis papás pidieron permiso en el colegio para que pudiera salir antes tres días a la semana, ya que tenía que ir a entrenar, además de jugar todo el fin de semana. Empezamos a competir en torneos y estaba viviendo mi sueño, ese mismo que hasta hace un par de años solo veía en la televisión.
El Punto de Quiebre
Pero como en la mayoría de las historias en la vida, siempre hay un punto de quiebre. Resulta que los "entrenadores" de ahí –si es que se les puede llamar así– sólo estaban lucrando con las clases. El interés no estaba en desarrollar jugadores, sino en hacer plata. Tanto así, que con el tiempo nos enteramos de que una de las mejores escuelas de tenis en Santiago había mostrado interés en que yo fuera a entrenar con ellos, pero nunca nos informaron. Viéndolo en retrospectiva, eso podría haber cambiado completamente mi vida para bien.
Eventualmente terminé yendo a esa escuela, pero era un mundo totalmente distinto. Entrenamientos reales y exigentes, más canchas para jugar, un gimnasio adecuado para complementar el tenis –como siempre debió haber sido. La desventaja es que ya tenía alrededor de diecisiete años, lo que me hacía "viejo" en comparación con los otros niños con los que entrenaba, que tenían entre trece y quince. Estaba en total desventaja, considerando además que muchos de ellos habían empezado a jugar cuando tenían ocho o nueve años, o incluso antes. La competencia era altísima y tenía que esforzarme el doble para ser considerado y tener la oportunidad de jugar torneos. Fue tan intenso y tuve que poner tanto esfuerzo, que casi termino rompiéndome ambos tobillos y tuve que parar por casi dos meses. Y eso ni siquiera fue lo peor que me tocaría enfrentar.
Un día de verano, Fernando González llegó al estadio a entrenar. Estábamos todos emocionados. Era el tipo que en ese momento era uno de los mejores tenistas chilenos y que estaba destinado a dejar una marca en el deporte. Nos reunimos alrededor de la cancha donde estaba jugando, sentándonos en el lado opuesto para ver la velocidad con la que golpeaba la pelota. Lo hacía tan rápido y tan fuerte, que si parpadeabas, la pelota ya estaba en tu cara. Cuando terminó su entrenamiento, entramos a la cancha a intentar imitar y replicar cada uno de sus movimientos. Hasta ese momento, yo estaba acostumbrado a jugar en canchas de arcilla, que están hechas de ladrillo o piedra triturada. Pero esta era una hard court, una cancha de superficie dura hecha de concreto, que con el tiempo puede causar problemas en las rodillas, tobillos y la zona lumbar, algo que es muy común en este deporte.
Ahí estuvimos por más o menos una hora, y cuando me estaba preparando para hacer un saque (ese en el que lanzas la pelota sobre tu cabeza y la golpeas con la raqueta), sentí una pequeña sensación extraña en el lado izquierdo de mi espalda, pero no le di mucha importancia. Lancé la pelota al aire, salté con los dos pies tan fuerte como pude y la golpeé. En el descenso, todo el lado izquierdo de mi cuerpo, desde la cintura hasta los dedos de los pies, quedó completamente dormido, y caí al suelo. No sentía nada y estaba en shock.
Me llevaron al gimnasio y llamaron a mis papás. En menos de una hora llegó mi papá y nos fuimos directamente a una clínica deportiva, donde me hicieron exámenes para ver qué podía estar pasando y dar un diagnóstico. Unos minutos después llegó el doctor y dijo: "Tenemos que operarlo de inmediato". Miré a mi papá sin entender nada, tratando de procesarlo, pero antes de que pudiera decir algo, él se giró y empezó a gritarle al tipo un montón de cosas que ni recuerdo, y que probablemente tampoco podría repetir, porque era una mezcla de "ándate a la chucha", "ándate a la mierda", y un par de cosas más que nunca en mi vida había escuchado salir de su boca. Así que nos fuimos directo a la casa para que pudiera descansar.
Después de unos días fuimos a un kinesiólogo, quien dijo que todo se debía a una escoliosis severa, y que necesitaría tratamiento por unos tres a cuatro meses, o incluso más, dependiendo de cómo avanzara y de cuánto dolor sintiera al terminar el tratamiento. Solo entonces podría volver a entrenar, de manera gradual.
El Error No Forzado
Al final, terminé estando en tratamiento por seis o siete meses en total, y mientras tanto, como ya no podía entrenar, empecé a salir más con amigos, a ir a fiestas, a tomar, a conocer todo tipo de drogas, y a meterme en esa vida que asumí era "la normal" para cualquier cabro de mi edad. También conocí a mi primera polola y tuve mi primer corazón roto, y eventualmente terminé olvidando y cortando todo lo relacionado con el tenis. Ni siquiera podía verlo en la tele. Y como justo cuando terminó el tratamiento ya estaba a punto de salir del colegio, básicamente me vi obligado a empezar a pensar en qué iba a estudiar, aunque no tenía la más mínima idea. Durante los últimos siete años, lo único que había conocido era el tenis. Mis notas no eran ni remotamente buenas y nunca había pensado en mi futuro en términos académicos, pero ya no tenía opción.
Como siempre había sido "bueno" dibujando, elegí Diseño Industrial en un instituto técnico, que era lo único a lo que podía acceder con mis notas y mi puntaje en la PSU–sí, yo di esa prueba. Resumiendo: reprobé absolutamente todas las materias en la universidad, excepto inglés. Seguí carreteando, volándome todos los días, metiéndome en drogas más fuertes, llegando a la casa sólo para dormir y despertar al otro día para ir a clases, y así fue durante todo el primer año. Me sentía completamente miserable. Sin motivación, sin un horizonte claro, sin nada a lo que aferrarme.
El primer semestre del segundo año fue prácticamente lo mismo, hasta el último día, cuando fui a un carrete que no se parecía en nada a los que había ido antes. Fue una locura: incontables botellas de alcohol por todas partes, una mesa gigante con bowls de cocaína en un lado, otras con marihuana, y el resto con cosas que ni siquiera sabía qué eran. Me hice mierda. En un momento simplemente colapsé en un sillón y me quedé dormido. Cuando logré despertarme, ya era de noche, así que agarré mi mochila y me fui a la parada de la micro. Estaba tan desorientado que tomé la micro en dirección contraria a mi casa, lo cual ni siquiera supe porque me volví a quedar dormido en el camino. Cuando desperté, paré la micro, me bajé y me fui al metro, que también tomé al revés. Estaba tan angustiado y al borde del pánico, que simplemente llamé a mi papá para que me fuera a buscar a algún lado y me llevara a la casa. Obviamente lo hizo, como lo había hecho muchas veces antes y como lo haría muchas más en los años que vendrían.
En el camino de vuelta no me preguntó nada, pero tampoco estaba enojado. En un momento, cuando paramos en un semáforo, simplemente me tomó la mano y me dijo: "Oye, vas a estar bien". Esa frase recién la recordé al día siguiente, cuando desperté sintiendo como si el mundo se me hubiera caído encima. Era como si él supiera todo, como si estuviera al tanto de todo, pero nunca me juzgó. Simplemente me dejó ser. Respetó mi proceso y todo lo que venía con él. Viéndolo ahora, casi 20 años después, eso fue amor en su más pura esencia.
El Último Set
Después de eso supe que algo tenía que cambiar, y tenía que empezar conmigo. El dolor en la espalda ya no estaba, así que un día simplemente fui a la escuela de tenis y empecé a entrenar de nuevo. Al principio fue dolorosamente difícil, mi cuerpo ya no era el mismo, mi condición física tampoco, lo que era una lástima, pero no pensaba rendirme. Seguí yendo, todos los días, hasta que logré agarrar ritmo y empezar a mejorar. Por suerte, hay algo que no se va así como así: el talento. Y sin querer sonar arrogante, yo lo tenía.
Pasaron dos meses, tres meses, cuatro meses. Seguí entrenando, persiguiendo mi sueño, hasta que, una vez más, la realidad me golpeó. Ya tenía 20 años, y a esa edad, si quieres ser tenista, deberías estar compitiendo en el más alto nivel. Si no ganando torneos, al menos siendo reconocido. Pero yo no estaba ni cerca de eso.
Un día, mi entrenador se me acercó en el estadio y nos sentamos a conversar. Me dijo que si realmente quería hacer del tenis mi carrera, era necesario salir de Chile, entrenar y jugar en el extranjero. Tenían todas las conexiones, todas las formas para ayudarme a que me notaran, pero había una sola cosa en la que no podían ayudarme: la plata.
Después de esa conversación, hablé con mis papás y la respuesta fue un no rotundo. Ni siquiera era una opción, simplemente no teníamos los medios. Y así, tal cual, el sueño desapareció. Nunca más volví a tomar una raqueta en mis manos.
El Viaje Más Allá de un Sueño
No es cierto que las personas dejen de perseguir sus sueños porque envejecen. Envejecen porque dejan de perseguir sus sueños.
– Gabriel García Márquez –
Aunque todo lo que has leído hasta ahora pueda sonar como una historia triste de corazones rotos y sueños destruidos, la verdad es que no lo es en absoluto. Si hay algo que he aprendido a lo largo de los años, es que el fin de un sueño no significa que el soñador deba dejar de soñar. Porque la vida no se trata de alcanzar un solo sueño–sino de tener el valor de volver a soñar.
Durante mucho tiempo, pensé que cuando el tenis se acabó, todo se había acabado. Que todos esos años de dedicación, pasión y sacrificio habían sido en vano. Pero lo que no entendía en ese entonces era que los sueños no están hechos para limitarnos, sino para moldearnos. Y una vez que un sueño ha cumplido su propósito, le abre paso a otro.
El fracaso de un sueño no te define. Lo que realmente te define es cómo te levantas después de él.
Cuando Un Sueño Termina, Otro Comienza
A veces la vida no te da lo que quieres, no porque no lo merezcas, sino porque mereces mucho más.
En algún momento, todos enfrentamos situaciones en las que aquello que más deseábamos se nos escapa de las manos. Ya sea una carrera, una relación, una pasión o una visión que sostuvimos por años, llega un punto en el que nos vemos obligados a aceptar que las cosas no salieron como las habíamos planeado.
Me tomó años entender que el tenis no fue el final de mi historia, sino el comienzo de ella. La disciplina, la resiliencia y la determinación que me entregó no desaparecieron cuando solté la raqueta. Se volvieron parte de mí. Y se convirtieron en la base de nuevos sueños que ni siquiera había imaginado.
No te dejes llevar por los miedos en tu mente. Déjate guiar por los sueños en tu corazón.
– Roy T. Bennett –
Es fácil sentirse perdido cuando un sueño se desvanece, pero quizás estar perdido no sea una maldición, sino una señal de que se nos está ofreciendo un nuevo camino. Nos enseñan a temerle a la sensación de estar perdidos, como si significara fracaso, como si fuera prueba de que tomamos una decisión equivocada en algún punto del camino. Pero, ¿y si estar perdidos no es el final del sendero, sino el inicio de algo más?
Cuando un sueño se rompe, es como quedar parado en medio de un espacio inmenso y vacío, sin dirección clara, sin señales que sean familiares, sin certeza de qué viene después. Pero en ese espacio, ocurre algo extraordinario: somos libres.
Libres de las expectativas que nos impusimos a nosotros mismos.
Libres de la presión de perseguir algo que quizás ya no nos pertenece.
Libres para explorar, reconstruir y descubrir algo que nunca habíamos imaginado antes.
Tal vez estar perdidos no significa haber perdido el rumbo, sino haber soltado aquello que ya no encaja con quienes somos. Porque a veces, crecemos más allá de nuestros propios sueños. Y eso no es un fracaso. Es crecimiento.
Ya que cuando una puerta se cierra, a menudo nos quedamos ahí, mirándola, esperando que se abra de nuevo, cuando en realidad la vida nos está empujando suavemente hacia otra puerta. Una que jamás habríamos notado si no nos hubieran obligado a mirar en otra dirección. Y la verdad es que nunca estamos realmente perdidos. Simplemente estamos al borde de algo nuevo.
Así que cuando un sueño termine, no tengas miedo. No lo veas como un fracaso. Velo como una invitación. Una invitación a soñar de nuevo. A recorrer un camino diferente. A construir algo nuevo. Porque mientras sigamos avanzando, mientras sigamos abiertos a nuevas posibilidades, siempre habrá otro sueño esperándonos.
No todos los que deambulan están perdidos.
– J.R.R. Tolkien –
Soñar No Se Trata del Resultado, Sino de Quién Te Conviertes en el Proceso
Un sueño no está hecho para ser capturado, sino para ser perseguido. Y en esa persecución, nos encontramos a nosotros mismos.
Una de las realidades más difíciles de aceptar es que no todos los sueños se hacen realidad. Algunos cambian. Algunos evolucionan. Algunos se rompen. Pero cada uno de ellos deja algo en nosotros.
Los sueños no tienen que ver con trofeos ni títulos. Tienen que ver con las lecciones, el crecimiento y la persona en la que nos convertimos en el camino. El tenis me enseñó sobre perseverancia, disciplina y sobre cómo superar el dolor, cosas que más tarde me ayudaron a enfrentar los verdaderos desafíos de la vida.
Y si pudiera volver atrás, sinceramente no cambiaría nada. Porque aquí hay otra verdad: el sueño que alguna vez tuviste quizás no estaba destinado a durar para siempre, sino a prepararte para lo que viene después.
¿Y Ahora Qué? Sólo Sigue Soñando. Siempre.
El futuro pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños.
– Eleanor Roosevelt –
Si alguna vez perdiste un sueño, si alguna vez sentiste que algo que amabas se te escapó de las manos y te dejó con un vacío, recuerda esto:
No estás vacío. No estás perdido. Solo estás al borde de descubrir qué es lo que viene después.
Sueña de nuevo. Sueña algo nuevo. Sueña algo más grande. Porque mientras sigas respirando, tienes más historias por escribir, más caminos por recorrer y más sueños por perseguir.
¿Y esta vez? Tal vez, sólo tal vez, sea el sueño que estaba destinado a durar.