Clock.
Todos tenemos dos vidas. La segunda comienza cuando nos damos cuenta de que sólo tenemos una.
– Confucio –
¿Cuán conscientes somos, realmente, del tiempo que nos queda? Un recurso tan frágil, tan fugaz—finito e irreversible. ¿Nos detenemos alguna vez el tiempo suficiente para notar las pequeñas maravillas a nuestro alrededor? ¿Para interiorizarlas, para sentir gratitud—no sólo por lo que hemos logrado, sino por las personas que comparten este breve instante con nosotros? Ellos también tienen un reloj que avanza, en silencio.
¿Pero qué pasaría si el verdadero reloj no fuera el que tienes en tu teléfono o el que llevas en la muñeca? ¿Y si fuera ese invisible, el que late silenciosamente junto a tu corazón, indiferente a tus preocupaciones, inalterable ante tus decisiones, avanzando siempre, estés listo o no?
Y si pudieras detenerlo—pausar el tiempo, aunque sólo fuera por un único latido—¿lo harías?
Yo sé que lo haría.
Pero no nos detenemos. Nos apresuramos a través de la vida como si estuviéramos persiguiendo un horizonte que siempre permanecerá fuera de nuestro alcance. Llenamos nuestros días de urgencia, creyendo que debemos seguir moviéndonos o correremos el riesgo de quedarnos atrás. Y mientras las responsabilidades diarias nos mantienen anclados a la realidad, ¿qué pasa si en este movimiento interminable estamos olvidando cómo vivir?
Quizás el verdadero regalo no esté en tener más tiempo, sino en aprender a existir plenamente en el tiempo que se nos da.
Últimamente, he estado leyendo The 5 Types of Wealth de Sahil Bloom, sumergiéndome en sus palabras y tratando de conectarlas con mi propia vida, tanto pasada como presente. He estado reflexionando sobre las decisiones que he tomado y cómo han moldeado la persona que soy hoy, para bien o para mal, y las consecuencias y repercusiones de todo aquello.
A pesar de que todavía estoy en el primer tipo de riqueza, me encontré con un ejercicio que me golpeó como un puñetazo en el pecho—un golpe de realidad tan fuerte que me dejó en lágrimas.
Se llama The Time Wealth Hard Reset–o traducido al español: El Reinicio Duro de la Riqueza del Tiempo.
El ejercicio es simple: haces los cálculos para saber cuánto tiempo realmente te queda con un ser querido—idealmente, alguien a quién no ves tan seguido como te gustaría—hasta que el mayor de los dos alcance los 80 años. El número que obtienes no es sólo tiempo—es casi una cuenta regresiva.
Al principio, intenté hacer los cálculos mentalmente, pero algo me dijo que lo escribiera en papel. Así que tomé mi diario, lo anoté y, cuando vi el resultado final, me estremeció hasta lo más profundo.
TIEMPO RESTANTE CON AMPA
Algún día, cuando las páginas de mi vida lleguen a su fin, sé que tú serás uno de sus capítulos más hermosos.
Quería saber cuánto tiempo me queda con mi hija. O, en el sentido opuesto, cuánto tiempo le queda a ella conmigo. No solo años o meses, sino momentos reales—los que de verdad importan.
Como ella está conmigo tres días a la semana, basé mis cálculos en el tiempo que realmente pasamos juntos, sabiendo que a lo largo del año habrá días adicionales por vacaciones, feriados o eventos especiales. Pero quería que el número fuera real—que me golpeara lo suficientemente fuerte como para asimilarlo por completo.
Así es como se ven los números:
- En un mes, pasamos 12 días completos juntos.
- En un año, eso suma 144 días.
- Actualmente tengo 38 años, lo que significa que si llego a los 80, me quedan 42 años.
- Multiplicando esos 42 años por los 144 días al año, obtengo:
⏳ 6.048 días.
Eso es todo. 6.048 días más.
Algunos podrían decir que los cálculos podrían ser optimizados—teniendo en cuenta los cumpleaños, viajes especiales o momentos robados que le robemos a la rutina. Pero la dura verdad es que, según esos simples números, me quedan poco más de 6.000 días para verla, escuchar su risa, verla crecer, compartir comidas juntos.
Y ese número no toma en cuenta la realidad de que, a medida que pase el tiempo, podría empezar a verla menos.
Un día, ella tendrá su propia vida—como debe ser. Saldrá con amigos, se enamorará, se irá de casa, quizá formará su propia familia (si así lo decide). Tal vez se mude a otra ciudad, o incluso a otro país.
¿Y entonces?
Por el tan sólo hecho de pensarlo, mi piel se eriza y mi mente empieza a desbordarse.
TIEMPO RESTANTE CON MI MAMÁ
Ama a tus padres. Estamos tan ocupados creciendo, que a menudo olvidamos que ellos están envejeciendo.
Después de terminar este ejercicio con Ampa y conmigo mismo, me enfoqué en mi mamá.
Creo que hemos tenido la suerte de vernos con más frecuencia a medida que han pasado los años—especialmente después de que la mamá de Ampa y yo nos separamos. Si eso no hubiera sido así, los números que voy a compartir me habrían golpeado aún más fuerte—lo cual ya hicieron, de maneras que ni siquiera puedo describir con palabras.
Sin contar las vacaciones, como la que está terminando ahora, los números son estos:
- Nos vemos cada dos fines de semana, de viernes a domingo, lo que suma seis días al mes.
- A lo largo de un año, eso equivale a 72 días juntos.
- Mi mamá tiene 63 años. Si llega a los 80, eso significa que nos quedan 17 años.
- Multiplicando esos 17 años por los 72 días al año, obtengo:
⏳ 1.224 días.
Si lo miro con ojos claros y honestos, eso significa que sólo me quedan 17 cumpleaños más para celebrarla. Y en esos 17 años, sólo pasaremos juntos una quinta parte de ese tiempo.
Si ese número no te impacta, entonces tu reloj puede estar roto.
La única forma de pasar más tiempo con ella es tomar una decisión consciente—dedicar más momentos a la semana de forma intencionada. Y la realidad es que no es tan difícil como parece.
Ya sabemos, más o menos, con qué frecuencia nos veremos cada mes. Pero, ¿y si no es algo que debiéramos dejar al azar? ¿Y si, en lugar de aceptar estos números, los cambiamos?
¿Qué pasaría si nos comprometiéramos, sólo en base a amor puro, a agregar más tiempo al reloj?
¿Qué pasaría si establecemos, por ejemplo, que una vez a la semana, sin importar qué, tomaremos desayuno juntos—y lo hacemos de forma inquebrantable? Que le demos la prioridad que merece. Que no dejemos que el trabajo, las distracciones o cualquier otra cosa se interpongan en esos momentos.
Porque al final del día, siempre hay una forma.
Siempre hay una manera, siempre una elección—siempre y cuando nos demos cuenta de que el tiempo se está agotando. A veces más rápido de lo que podemos comprender. Al final, tener más tiempo se convierte en una decisión.
TIEMPO RESTANTE CON MIS AMIGOS
Disfruta las pequeñas cosas de la vida... porque un día mirarás atrás y te darás cuenta de que eran las más grandes.
– Robert Brault –
Los números comenzaban a golpearme tan fuerte que, por un momento, pensé en detenerme—posponer el ejercicio para otro día en el que me sintiera listo para enfrentarlo de nuevo.
Así que hice lo que la mayoría de nosotros hacemos cuando necesitamos una distracción—desbloqueé mi teléfono, abrí Instagram y comencé a hacer scroll, buscando algo que alejara mi mente de los cálculos.
Fue entonces cuando me encontré con una publicación de mi mejor amiga. Sin dudarlo, le envié un mensaje, diciéndole que la amaba.
Y en el segundo en que presioné enviar, me golpeó de vuelta.
"¿Cuánto tiempo realmente tenemos juntos?"
Me preparé un café, encendí un cigarro y me obligué a sentarme y hacer los cálculos.
Como ella es la mayor de mis amigas más cercanas, usé su edad como referencia. Mis otras mejores amigas tienen edades similares, así que esto me daría un duro golpe de realidad en todas las áreas.
- En promedio, nos vemos dos veces al mes—seamos justos y dejémoslo así.
- Eso suma 24 días al año.
- Si llego a los 80 años, eso nos da 42 años restantes.
- Multiplicando 42 años por 24 días al año, obtengo:
⏳ 1.008 días.
Y aquí es donde todo realmente me golpeó.
Si solo pasamos 24 días al año juntos durante los próximos 42 años, eso significa:
- Un año tiene 365 días.
- En 42 años, eso equivale a 15.330 días.
- De esos, sólo nos veremos el 6.5% del tiempo.
6.5% del resto de nuestras vidas.
Honestamente, ¿qué chucha!?
Mi cabeza empezó a dar vueltas, mi corazón a latir con fuerza—la pura noción de lo bajo que era ese número me dejó sin aire.
¿Cuántas más fiestas tendremos?
¿Cuántos más tragos, bailes y noches riéndonos hasta que duela?
¿Cuántas más conversaciones profundas sobre la vida, el amor y las cosas que realmente importan?
La verdad es que ya no somos tan jóvenes como antes. Ambos tenemos hijos, carreras y responsabilidades que nos llevan en diferentes direcciones. Incluso si atesoramos cada uno de esos días juntas, ¿será suficiente?
Por suerte, creo que hay una solución. Y está completamente dentro de mi control. Está completamente en nuestras manos.
Sólo tengo que hacer de esto una prioridad.
Dejar de permitir que la vida dicte los números y empezar a reescribirlos yo mismo.
Porque esto... esto es demasiado importante como para dejarlo al azar.
TIEMPO RESTANTE CON MI HERMANO
Un hermano es el lente a través del cual ves tu infancia.
– Ann Hood –
Después de terminar los cálculos anteriores, tratando de asimilarlo todo—aunque con esa extraña sensación de tener un vacío en el estómago—supe que no podía detenerme ahí.
Así que pasé a mi hermano.
Somos sólo dos, y la diferencia de edad no es tanta—sólo cinco años. Y aun así, hace tiempo que he estado dándole vueltas al poco tiempo que realmente pasamos juntos. Cómo hemos dejado que nuestras vidas de forma separada determinen la distancia. Y si soy brutalmente honesto conmigo mismo, no es sólo por circunstancias de la vida—es una excusa, una elección:
- Nos vemos, como mucho, una vez al mes.
- Eso suma solo 12 días al año.
- Si llego a los 80 años, eso nos da 42 años restantes.
- Multiplicando 42 años por 12 días al año, obtengo:
⏳ 504 días.
Eso es todo. Ni siquiera dos años completos para realmente compartir juntos.
Por el tan sólo hecho de visualizar ese número, de verdad quise estrellar mi cabeza contra la pared y gritar lo más fuerte que pudiera.
Y cuando hice el mismo desglose porcentual que con mi mejor amiga, los números eran tan absurdamente abrumadores que la única pregunta que me quedó fue:
¿Por qué?
¿Por qué dejamos que esto pase?
Si adelanto al peor e inevitable escenario—el día en que mi mamá ya no esté y sólo quedemos nosotros dos—¿qué significarán 504 días para ese entonces? ¿Cuál será su valor cuando la opción de cambiarlo ya no exista? Es el peso completo del tiempo perdido.
Pongámoslo en números aún más duros:
- En los próximos 42 años, viviré aproximadamente 15.330 días.
- De esos, mi hermano y yo solo compartiremos 3.2% de ellos.
- Eso equivale a un año y medio en total—cuando en realidad tenemos 42 años disponibles por delante.
Un año y medio de tiempo, repartido en cuatro décadas.
Un año y medio para ser hermanos.
Un año y medio para celebrar cumpleaños.
Un año y medio para recordar, discutir, reírnos y crear nuevos recuerdos.
Y me quedé pensando...
¿Cómo diablos dejamos que llegara a este punto?
¿Cómo pasamos de estar juntos cada día durante 27 años—desde que nació cuando yo tenía cinco, hasta que me fui de casa a los 32— a solo 12 días al año?
¿Cómo siquiera empiezo a procesar el hecho de que, de esos 9.855 días compartidos bajo el mismo techo, ahora hay un vacío de 9.351 días entre ese pasado y lo que nos queda por vivir juntos?
¿Cómo le doy sentido a eso?
Sólo la idea de esa brecha de tiempo me aterra.
Pero aquí está el punto: a diferencia de la muerte, a diferencia del tiempo mismo—esto se puede arreglar, y aún es nuestra decisión hacerlo.
El tiempo no espera, pero sí escucha—escucha las decisiones que tomamos, a las personas que priorizamos, al amor que mostramos antes de que sea demasiado tarde. Y cuando el reloj se detenga, lo único que quedará será el tiempo que decidimos compartir.
Este número no tiene que quedarse así.
Porque si queremos más tiempo juntos, simplemente tenemos que elegirlo.
TIEMPO RESTANTE CON MI PAPÁ
Pensé que había terminado el ejercicio. Cerré mi libreta, con el pecho pesado, la mente enredada y las mejillas aún húmedas con lágrimas que ni me había dado cuenta seguían cayendo.
Necesitaba un descanso.
Fui a la cocina a prepararme un café, buscando distraídamente algo de comer. Y entonces, al girar, mis ojos se posaron en la pared donde tengo colgadas algunas fotos—fragmentos del pasado, congelados en el tiempo.
Dejé que mi mirada vagara hasta que se detuvo en una foto de mi papá.
Me quedé mirándola.
En sólo unos días, se cumplirán cinco meses desde que falleció—146 días, si queremos ponernos matemáticos con esto. Y mientras me quedaba ahí, dejando que ese peso se asentara, un pensamiento me golpeó:
"¿Y si hago los cálculos con él también?"
Sabía que este sería más difícil—no por las matemáticas en si, sino por las preguntas que me obligaría a hacerme. Preguntas para las que no estaba seguro de querer respuestas.
Así que decidí enfocarlo de otra manera.
En lugar de contar cuánto tiempo nos quedaba, quise hacer el cálculo inverso en base a dos momentos específicos:
- Los años después de que me fui de casa (justo antes de que naciera mi hija).
- Los años después de que mi relación terminó y empecé a vivir solo.
Quería ver cuánto tiempo "perdí" y "desperdicié" antes de que él se fuera.
Dejando el Nido
Amparo nació a fines de 2018, pero para hacerme sentir mejor, consideré todo el año—como si alargar el tiempo en papel pudiera aliviar el dolor.
Para ese entonces, mi papá tenía 75 años, y falleció a los 81—lo que nos dejó con seis años entre medio.
Siguiendo la misma estructura que usé para calcular el tiempo con mi hija, y eliminando los meses de estallido social y pandemia que limitaron aún más nuestros encuentros, los números se verían así:
- Tres días a la semana, cada dos semanas → 6 días al mes.
- En un año → 72 días.
- En seis años → 432 días.
Pero sé con certeza que fue mucho menos.
El estallido social se encargó de eso.
El Covid se encargó de eso.
Y la verdad... probablemente podríamos haber hecho más. Yo podría haber hecho más.
Cuando vi el número final—432 días—me di cuenta de que ni siquiera era más de un solo año de tiempo real. Un año, de seis.
Y me pregunté: ¿Podría haberlo hecho mejor?
Dolorosamente, la respuesta es un rotundo sí.
El Segundo Cálculo: Los Números Que Se Cortaron a la Mitad
Si me muevo a la segunda línea de tiempo—después de que me fui a vivir solo—los números caen aún más:
- Tres días a la semana, cada dos semanas → 6 días al mes.
- En un año → 72 días.
- Desde principios de 2021 hasta finales de 2024 → 216 días.
La mitad.
La mitad de las comidas juntos.
La mitad de los paseos en bicicleta con Ampa.
La mitad de los abrazos, las risas, la mitad de todo lo que pudo haber sido.
De los 11.680 días que viví con mi papá desde el día en que nací, esos últimos seis años sólo representan un miserable y doloroso 3.6% de nuestro tiempo juntos.
Y, sin embargo, dentro de ese 3.6% de días, él me dio todo—su amor, su sabiduría, su presencia inquebrantable.
Así que la siguiente pregunta apareció: ¿Qué le di yo de vuelta?
Las Preguntas Que No Me Dejan Ir
Ahí fue cuando llegaron las preguntas reales.
¿Fui un buen hijo?
¿Hice lo suficiente?
¿Le devolví siquiera una fracción de todo lo que él me dio a mi?
Pensé en cada conversación difícil pero significativa, en cada sacrificio, en cada momento en el que él estuvo para mí. 32 años de esfuerzo, de entrega, de enseñanzas, de mostrarme cómo ser un buen hombre, cómo ser la mejor persona en que pudiera llegar a convertirme.
Y luego pensé en los últimos seis años.
¿Se fue de este mundo lamentando el tiempo que no pasamos juntos?
¿Habrá deseado que hubiéramos tomado distintas decisiones?
¿Habrá deseado que yo lo hubiera hecho?
Intento convencerme de que no.
Que él sabía cuánto lo amaba. Que pudo ver cómo intenté compensarlo al final, cuando su salud empezó a deteriorarse. Que esos últimos momentos pesan más que los que se perdieron.
Pero quizás esta es una duda con la que tendré que vivir por un buen tiempo.
Quizás para siempre.
Haciendo Que el Tiempo Cuente
Para cuando terminé este ejercicio—después de todos los cálculos, las realizaciones y las verdades devastadoras—supe que no podía simplemente dejarlo dentro de mí. Tenía que ponerlo en palabras. No sólo para liberarlo y sacarlo de mi pecho, sino para convertirlo en algo real, algo sobre lo que pudiera actuar.
Porque después de todo lo que acababa de enfrentar, honestamente siento que ya no era la misma persona que comenzó escribiendo esto.
Lo que ahora tengo es una elección.
Y si has leído hasta aquí, tú también la tienes.
No sé cuánto tiempo nos queda, a ti y a mí. Nadie lo sabe. Pero sí sé esto:
Podemos decidir cómo usar el tiempo que aún tenemos.
Así que esto es lo que he aprendido, y lo que espero que me ayude a mí—y quizás a ti también—para hacer que el reloj cuente.
1. Conciencia: Valorar el Tiempo Por Lo Que Es
¿Amas la vida? Entonces no desperdicies el tiempo, porque de eso está hecha la vida.
– Benjamin Franklin –
Antes de cualquier otra cosa, antes de actuar, antes de cambiar—tiene que haber conciencia.
Porque las verdades más duras suelen ser aquellas que nos negamos a ver.
Cuando calculé cuánto tiempo me queda con Ampa, realmente pensé que tenía todo el tiempo del mundo. Pero 6.048 días no es tanto como parece. Es una cuenta regresiva.
Cuando hice los cálculos con mi mamá, recordé que ella también está envejeciendo, y que algún día sólo quedaremos mi hermano y yo. 1.224 días restantes para ser su hijo.
Y luego, cuando vi el tiempo con mi papá—no tiempo restante, sino tiempo perdido—me destrozó. No puedo cambiar esos 432 días ni el 3.6% de mi vida que le devolví. Eso ya está hecho. Eso ya se fue.
Pero lo que no se ha ido es el hoy.
Porque todavía queda tiempo para reescribir los números con las personas que aún están aquí.
Pero sólo si primero despertamos y reconocemos que el reloj está corriendo.
2. Acción: Pequeñas Elecciones, Gran Impacto
Las grandes cosas no se hacen por impulso, sino por una serie de pequeñas cosas reunidas.
– Vincent Van Gogh –
Es fácil pensar que el cambio requiere gestos enormes—pero no es así.
Pasar más tiempo con Ampa no significa renunciar a mi trabajo y dedicar cada hora a ella. Significa estar realmente presente cuando estamos juntos. Significa dejar de lado el teléfono, escuchar más, jugar más, reír más. Las pequeñas cosas de todos los días.
Con mi mamá, significa agregar más días al reloj intencionalmente. No sólo esperar que los fines de semana coincidan, sino crear momentos—un desayuno cada semana, un café a mitad de semana, llamarla sólo porque sí. Las acciones pequeñas, con el tiempo, reescriben nuestra historia.
¿Y con mis amigos? ¿Con mi hermano? Se trata de entender que el tiempo en que no estamos juntos no es sólo consecuencia de la vida—es una elección. Y las elecciones se pueden cambiar.
Porque las decisiones más pequeñas se acumulan en vidas enteras.
3. Soltar Lo Que No Importa: Hacer Espacio Para Lo Que Sí
Debes dejar ir la vida que planeaste para poder tener la vida que te espera.
– Joseph Campbell –
Perdemos tanto tiempo en cosas que realmente no importan.
Perseguir la ocupación en lugar de la presencia.
Aferrarnos a resentimientos que no sirven para nada.
Esperar el "momento correcto" para acercarnos, para decir lo que sentimos, para arreglar lo que está roto.
Pero si hay algo que la partida de mi papá me enseñó, es que no existe el momento correcto. Sólo existe el ahora.
Así que elijo soltar el peso de lo que ya no me sirve.
Dejar de pensar demasiado sobre lo que pude haber hecho diferente y enfocarme en lo que todavía puedo hacer.
Porque aferrarse al pasado no me da más tiempo. Sólo me quita del tiempo que aún tengo.
4. Presencia: El Arte de Estar Realmente Aquí
Comprende profundamente que el momento presente es todo lo que siempre tendrás.
– Eckhart Tolle –
Pasar tiempo juntos no significa nada si no estamos realmente ahí.
No significa nada si estoy con Ampa pero mi mente está en otra parte. Si me siento frente a mi mamá pero sigo pegado al teléfono. Si veo a mis amigos pero estoy demasiado distraído con lo que tengo que hacer mañana como para disfrutar el hoy.
La presencia es la única forma de convertir el tiempo en algo significativo.
Porque cuando el número final se escriba, cuando se cuente el último día, no se tratará de cuántos momentos tuvimos.
Se tratará de cuán profundamente los vivimos.
5. Mantener Vivo a Tu Niño Interior: Vivir, No Sólo Existir
No dejamos de jugar porque envejecemos; envejecemos porque dejamos de jugar.
– George Bernard Shaw –
No todo en la vida trata sobre cuentas regresivas y conversaciones serias.
La vida también se trata de alegría.
De permitirnos jugar, reír, ser tontos y despreocupados—sin importar la edad que tengamos.
Porque una de las mejores formas de honrar el tiempo es no tomárnoslo tan en serio todo el tiempo.
Quiero que Ampa me vea no sólo como su papá, sino como alguien que realmente disfruta la vida.
Quiero que mis amigos recuerden las noches en que reímos sin parar, no solo los días en que hablamos de responsabilidades.
Quiero ser una persona que experimenta de lleno el tiempo, no sólo alguien que lo cuenta.
6. Gratitud: La Perspectiva Que Lo Cambia Todo
La gratitud desbloquea la plenitud de la vida. Convierte lo que tenemos en suficiente, y en más.
– Melody Beattie –
Y al final, todo esto nos lleva aquí.
Porque una vez que has logrado ver el tiempo por lo que es, una vez que has actuado en consecuencia, una vez que has dejado de lado las distracciones, una vez que has estado presente y una vez que has abrazado la alegría, ¿qué queda?
Gratitud.
Gratitud por el tiempo que aún tengo con mi mamá.
Gratitud por el hermano que aún está aquí.
Gratitud por los amigos que todavía están a tan sólo una llamada de distancia.
Gratitud por la hija que aún me mira como si yo fuera su mundo entero.
Podemos lamentarnos por el tiempo que hemos perdido o podemos honrar el tiempo que aún nos queda.
Y elijo hacer que el reloj cuente—porque ahora entiendo que siempre lo ha hecho.
TIEMPO RESTANTE CONMIGO MISMO
Tu tiempo es limitado, así que no lo desperdicies viviendo la vida de alguien más.
– Steve Jobs –
Mientras leía todo lo que había escrito—haciendo pequeños ajustes, revisando la gramática, la cohesión, verificando cada cálculo, repasando cada lección y realización—realmente pensé que había llegado al final.
Mis dedos flotaban sobre el botón de "publicar".
Y entonces, algo me detuvo.
Algo no se sentía bien, como un susurro en el fondo de mi mente diciéndome que había pasado por alto algo importante.
Y de repente, lo entendí.
Había estado tan enfocado en el tiempo que paso con los demás—que era el propósito central de este ejercicio—que olvidé hacerme una de las preguntas más importantes de todas:
¿Y qué hay de mí?
¿Podría aplicar este mismo ejercicio a mí mismo?
¿Podría mirar de frente a mi propio tiempo–no el que entrego a los demás, sino el que me queda conmigo mismo, y preguntarme si realmente lo estoy aprovechando?
¿O lo he estado dejando escapar, sin siquiera notarlo?
Los Números Que Más Importan
Resulta que los números ya estaban justo frente a mí.
- Un año tiene 365 días.
- Si llego a los 80 años, me quedan 42 años.
- Multiplicando esos números, obtengo:
⏳ 15,330 días.
Ese es el número de días que me quedan para vivir conmigo mismo.
No importa quién venga o se vaya, con quién pase mi tiempo o hacia dónde me lleve la vida—yo siempre estaré conmigo.
Cada mañana cuando despierto, cada noche cuando me duermo.
Cada pensamiento, cada emoción, cada experiencia—soy la única constante en mi propia vida.
La Pregunta Más Difícil de Todas
Entonces, la verdadera pregunta es:
¿Qué haré con esos 15.330 días?
Porque es fácil hablar de pasar más tiempo con nuestros seres queridos, de hacerles más espacio en nuestra vida.
Pero ¿cuánto tiempo pasamos realmente con nosotros mismos? No solo físicamente, sino de una manera que realmente importe.
¿Cuánto de ese tiempo estoy desperdiciando en cosas que me agotan, me distraen o me alejan de lo que realmente quiero?
¿Cuánto de ese tiempo estoy entregando a cosas que no están alineadas con la persona en la que quiero convertirme?
¿Estoy realmente viviendo, o sólo existiendo?
La Relación Que Lo Define Todo
Nos solemos preocupar por el tiempo que nos queda con los demás, pero el tiempo que nos queda con nosotros mismos es el que define todo lo demás.
Si no me doy el tiempo para sanar, para crecer, para soñar, para estar verdaderamente presente, entonces ¿qué es lo que realmente le estoy ofreciendo a los demás?
Si no estoy en paz con mi propio tiempo, con mi propia vida, con mi propia presencia, ¿qué tipo de presencia puedo ofrecerle a los demás?
Porque la verdad es que nunca estamos realmente solos.
Siempre estamos con nosotros mismos.
Y sin embargo, a menudo nos tratamos como si fuéramos la última persona que importa.
La Última Realización
Tal vez esta era la lección que necesitaba aprender desde el principio.
Que aunque es fundamental valorar el tiempo que nos queda con quienes amamos, es igual de importante valorar el tiempo que nos queda con nosotros mismos.
Porque el tiempo no es como un reloj digital, donde los números cambian, se reinician y siguen su curso sin fin.
El tiempo es un reloj de arena.
Cada momento que pasa es un grano de arena deslizándose por el cuello estrecho—cayendo, desapareciendo, imposible de recuperar.
No vemos la parte superior. No sabemos cuánta arena queda.
Sólo podemos ver lo que ya ha caído.
Y sin embargo, ¿cuántas veces vivimos como si el reloj de arena fuera infinito?
¿Cuántas veces asumimos que siempre habrá más granos, más momentos, más oportunidades?
Pero la verdad es que no podemos voltear el reloj de arena.
No hay reinicio.
Y eso significa que cada grano importa.
Cada decisión, cada respiro, cada vez que elegimos estar presentes—o cada vez que nos dejamos llevar por las distracciones.
Porque al final, si no tomamos control de nuestro propio tiempo, nadie más lo hará por nosotros.
Y me niego a dejar que el mío se escape, grano a grano, sin ser visto.