Ashes.
¿Con qué frecuencia realmente comprendemos la fragilidad de la vida? Esa forma tan sobrecogedora y a su vez tan cruel que tiene de desvanecerse en un instante—de desaparecer antes de que siquiera podamos comprenderla. La vida, tan delicada como una burbuja de jabón en las manos de un niño, flota libre hacia lo desconocido, arrastrada por el viento hasta que, sin previo aviso, estalla—dejando atrás ningún rastro de su existencia.
Y aun así, vivimos como si fuera un fuego que nunca se apagará, como si las brasas jamás se volverán cenizas. ¿Cómo hacemos las paces con la realidad de que nuestros seres queridos—o incluso nosotros mismos—pueden estar aquí, cálidos y presentes, sólo para desvanecerse en el momento exacto en que miramos hacia otro lado?
Desde que murió mi papá, he estado tratando de entenderlo—de encontrarle algún sentido—sin dejar que el mar profundo del duelo me ahogue por completo. Han habido momentos en los que el peso de rendirme tocó mi puerta, empujando con una fuerza que no estaba seguro de poder resistir. Pero con todo mi ser, la mantuve cerrada, negándome a dejar que entre y arruine el presente. Y la mayoría de las veces, he logrado mantenerlo a raya.
Pero la vida tiene su propia forma de ponerte a prueba. Siempre encuentra otra puerta a la cual golpear, otro fuego que encender. ¿Es una prueba? ¿Un juicio hecho de llamas para ver si somos capaces de resistir? ¿O es la forma que tiene el universo de preguntarte–realmente mereces seguir viviendo?
Ahora, el fuego arde de nuevo—esta vez, es mi abuelo.
Y no puedo evitar preguntarme:
¿Alguna vez la vida deja de pedir pruebas?
¿Pruebas de que somos lo suficientemente fuertes, de que podemos soportar la pérdida sin desmoronarnos, de que merecemos el tiempo que se nos ha dado?
¿Es cada pérdida sólo otro recordatorio silencioso de que los siguientes podríamos ser nosotros?
¿Que en cualquier momento, también podríamos disolvernos en el aire, reducidos a nada más que recuerdos y polvo?
¿O hay algo más en todo esto? ¿Algún significado escondido entre las cenizas?
¿Y si lo hay, por qué sólo parece mostrarse en el eco de la devastación—cuando el fuego ya arrasó con todo lo que vino a reclamar?
PAPÁ
Pienso en él todos los días. Algunos días, en los momentos silenciosos—cuando el mundo se calma lo suficiente como para que los recuerdos salgan a flote. Otras veces, aparece en esos espacios intermedios de mi mente, sin ser llamado, pero siempre bienvenido—como si me recordara que no se ha ido, sólo está en un lugar al que aún no puedo llegar.
Recuerdo las noches en que salía de fiesta con amigos, cómo siempre me decía: "Si necesitas que te vaya a buscar, sólo llama." Y aunque muchas veces no lo hacía—porque no quería despertarlo—igual se despertaba. Sin falta, en medio de la noche, se daba vuelta hacia mi mamá y le susurraba: "¿Llegó el hijo?" Ella respondía: "Todavía no." Y volvía a cerrar los ojos, esperando, confiando en que pronto llegaría a casa sano y salvo.
Las veces que sí lo llamaba, nunca dudaba. Se vestía, salía en plena noche y manejaba hasta donde fuera necesario para recogerme a mí y a mis amigos—algunos tan borrachos que no podían hilar una sola frase, a veces yo también. Y aun así, siempre se reía. Sin juicios. Sin sermones. Sin miradas de decepción. Sólo un papá haciendo lo que hacen los papás. Y en las primeras horas de la mañana, mientras el resto del mundo pasaba la caña, ahí estaba él—duchado, vestido, saliendo a comprar pan recién hecho para el desayuno.
Así llevaba la vida: con gracia, con paciencia, con una capacidad inquebrantable de seguir adelante.
Mis papás nunca hablaron de política en la casa—no hasta que ya tuve más de veinte. Estaban en lados opuestos de esa línea, pero habían decidido desde mucho antes dejar esas peleas fuera de nuestras paredes. No querían que fuéramos moldeados por sus discusiones ni forzados a adoptar creencias heredadas. Elijan por ustedes mismos, decían, sigan el camino que sientan que es el correcto para ustedes.
Y por eso, durante la mayor parte de mi vida, nunca entendí por qué mi papá se sobresaltaba cuando llegaba tarde y le daba un beso en la frente. Ese salto repentino en su cuerpo, la forma en que sus ojos se abrían con miedo por un segundo antes de darse cuenta de que sólo era yo. "Soy yo, ya llegué," le susurraba antes de irme a dormir. No le daba mucha vuelta en ese entonces.
Hasta que un día, tuve que aprender la verdad—cruda y directa.
Mi papá fue detenido político durante el golpe en Chile. Se lo llevaron, lo golpearon, lo retuvieron en un estadio donde el miedo tenía voz y el dolor no tenía escape. Era joven, lleno de esperanza, sólo intentaba convertirse en un profesional—hasta que ese día se lo arrebató todo. Le rompieron las costillas, le desfiguraron la cara, le marcaron la mente para siempre. Vio cosas que ningún ser humano debería ver. Gente arrastrada a las sombras, gente que nunca volvió.
Lo perdió todo. Su futuro, su casa, su país. Huyó a Brasil con nada más que un cuerpo golpeado y los restos de una vida que ya no le pertenecía. Pasó cinco años en el exilio, construyendo algo desde la nada, tratando de reencontrarse con quien alguna vez fue.
Y aun así—a pesar de todo—nunca vi odio en sus ojos.
Ni hacia quienes lo lastimaron.
Ni hacia quienes estaban en la vereda opuesta de sus creencias.
Ni hacia la vida que tanto le había quitado.
Nunca habló con rencor, nunca usó su sufrimiento como arma. Simplemente eligió seguir viviendo.
Encontró el amor. Formó una familia. Nos dio a mi hermano y a mí una vida en la que pudiéramos ser lo que quisiéramos. Y jamás dejó que el peso del pasado destruyera los cimientos del presente.
Y luego, así de repente—todo se acabó.
Ahora su historia vive en fragmentos. Cenizas de recuerdos esparcidas en los rincones de mi mente, deslizándose entre mis dedos cada vez que intento sostenerlas todas al mismo tiempo.
Es extraño cómo funciona el tiempo—cómo puede tomar a un hombre, una vida, décadas de risas, sacrificios y resiliencia, y condensarlo todo en un solo mes de deterioro.
Treinta y ocho años de historia entre nosotros, borrados por semanas fugaces que no tuvieron compasión.
TATA
La historia de mi abuelo no se parece en nada a la de mi papá—no fue tan cruel, ni tan trágica. Fue una historia tejida con amor, aunque envuelta en bordes toscos, entregada a través de nudillos en la cabeza, empujones juguetones y chistes ridículos y tontos. Ese tipo de amor que no se dice, se siente—el que se construye desde lo antiguo y las manos endurecidas.
Cuando mis padres aún luchaban por lograr estabilidad, mi hermano y yo vivíamos bajo el calor del techo de mis abuelos. Los veranos se hacían eternos, llenos de rodillas peladas, risas que rebotaban por todo el barrio y noches en las que nuestros cuerpos colapsaban antes de siquiera poder decir buenas noches. Mis papás pasaban cada día a vernos antes de volver a su propio campo de batalla, luchando por darnos la vida que ellos nunca tuvieron.
Y luego estaban las mañanas.
Durante años, mi Tata se levantó antes que el sol, listo para llevarme al colegio. Tenía un furgón escolar: la misma ruta, los mismos niños, las mismas calles, y siempre—la misma música. Ricardo Arjona, Alejandro Sanz, Andrea Bocelli, Pimpinela. Día tras día, dos veces al día, la banda sonora de mi infancia, repitiéndose una y otra vez. Quizás por eso no soporto esas canciones ahora. Antes eran sólo melodías, pero ahora se sienten como fantasmas—llevándome de vuelta a ese asiento del furgón, a un tiempo que ya no existe, a una persona que poco a poco se desvanece.
Y de pronto, el tiempo lo alcanzó.
Hace un par de meses, dejó de comer. Dejó de tomar agua. Su piel perdió el color, su cuerpo se encogió hasta volverse irreconocible. Su mente, antes lúcida, comenzó a deshilacharse por las costuras. Se levantaba de su silla, caminaba sin rumbo por la casa, y volvía a sentarse—sólo para levantarse otra vez, como si ya hubiese olvidado que recién se había puesto de pie.
Quizás eso es lo que hace el tiempo. No sólo se lleva a las personas—también les borra el recuerdo de haber vivido, antes de finalmente llevárselas por completo.
Al principio, nos decíamos a nosotros mismos que era sólo la edad. Que su cuerpo simplemente estaba cansado, que su mente se estaba yendo, como a veces pasa con las mentes viejas. Pero luego, la casa—ese mismo lugar que siempre lo había contenido—empezó a rechazarlo. Las caminatas se hicieron más cortas, los silencios más largos. Ya no recordaba si había comido, y aunque le recordáramos, se negaba a hacerlo. El agua se volvió algo secundario.
Una noche, sentado en su silla, con la mirada perdida, su cuerpo tan delgado que parecía que la tela de su ropa era lo único que lo sostenía. Fue en ese momento que lo supimos—esto no era algo que iba a pasar.
Al día siguiente, estaba en una cama de hospital.
Había estado postergando ir a verlo. La vida me tenía ocupado, o al menos eso es lo que me digo. Pero hace unas dos semanas, finalmente fui—llevé a mi abuela a visitarlo.
Y ahí estaba él.
Tendido en una cama, envuelto en tubos y cables, enredados como los de un televisor antiguo. Su cuerpo, que alguna vez fue fuerte, reducido a algo tan pequeño, tan frágil. Sus ojos se iluminaron al verme—abiertos, alegres, como si por un momento, los años y el dolor desaparecieran. Y luego, casi de inmediato, su rostro se desarmó, sus párpados se cerraron—no por sueño, sino por agotamiento. Por dolor. Por un cuerpo que ya no tenía la fuerza para sostenerse a sí mismo.
Me quedé ahí, congelado.
En tan sólo unas semanas, el hombre que conocía se deshizo frente a mis ojos.
Las manos toscas que solían enredarme el pelo, la voz que llenaba las mañanas en el furgón, la presencia que parecía inamovible—todo, desvaneciéndose. Quise aferrarme a algo, a una versión de él que ya no existía.
Pero, ¿cómo te aferras a alguien que ya se te está escurriendo entre los dedos?
¿CUÁNTO PESA EL TIEMPO?
Pero el duelo es una cosa extraña.
Durante un tiempo, sentimos que existimos en dos líneas de tiempo distintas—una en la que todavía están aquí, y otra en la que ya se han ido. Permanecemos en ese espacio, sin saber bien cómo seguir adelante. ¿Simplemente resistimos, dejando que el tiempo nos desgaste hasta que sólo quede el recuerdo? ¿O aprendemos a sobrellevarlo, a existir no sólo desde la supervivencia, sino desde la presencia?
Porque la vida no espera a que estemos listos. Sigue su curso, estemos prestando atención o no.
Entonces, ¿cómo seguimos?
¿Dejamos que el peso de la pérdida dicte nuestros días, moviéndonos en piloto automático, apenas conscientes de los momentos que se nos escapan? ¿O elegimos estar presentes—no sólo existir, sino vivir de verdad?
Tal vez la respuesta no esté en olvidar, ni siquiera en seguir adelante. Tal vez se trate de aprender a existir con todo lo que nos ha moldeado—el amor, la pérdida, el tiempo que tuvimos, y el tiempo que aún nos queda.
Tal vez se trate de despertar con propósito, de responder cuando se nos llama, de estar para quienes todavía están aquí. Porque el tiempo es tanto implacable como generoso—quita, pero también da.
Tal vez no necesitamos tener todas las respuestas. Tal vez sólo necesitamos prestar atención.
Porque si hay algo que sabemos con certeza, es esto: la vida es frágil. Y justamente por eso, debemos vivirla por completo.
DE LAS CENIZAS, CRECEMOS
Pero, ¿cómo honramos a quienes vinieron antes que nosotros? ¿Cómo nos aseguramos de que sus historias no desaparezcan, reducidas a nada más que polvo que se lleva el viento?
Tal vez todo comienza entendiendo que los recuerdos no son sólo ecos del pasado—son semillas para el futuro.
El fuego consume. Destruye. Como un incendio que arrasa, dejando en su paso nada más que restos ennegrecidos—fragmentos sin peso de lo que alguna vez fue. Pero el fuego también es un comienzo. Las cenizas se hunden en la tierra, alimentan el suelo, abren paso para que algo nuevo pueda crecer.
Quizás llevamos sus lecciones no como cargas, sino como raíces.
Quizás dejamos que su amor tome forma en la manera en que amamos a los demás.
Quizás la paciencia que nos enseñaron, la resiliencia que nos mostraron, las risas que dejaron atrás—quizás todo eso se convierte en la base sobre la que construimos.
No somos sólo lo que hemos perdido.
Somos lo que hacemos con lo que queda.
Quizás honrarlos significa estar realmente aquí. No mirar la vida desde la distancia, no dejar que el tiempo se nos escurra sin notarlo, no permitir que nuestros días se vuelvan una colección de rutinas que atravesamos dormidos.
Quizás significa despertar—despertar de verdad—y asegurarnos de que la vida que estamos viviendo sea una que los haría sentir orgullosos.
¿Pero, y si la pérdida en sí misma también es un mensaje?
¿La chispa que faltaba y estaba destinada a encender algo que habíamos dejado arder demasiado bajo?
¿Y si el duelo no es sólo un vacío, sino un fuego—un susurro divino del universo, o de la fuerza en la que quieras creer, que viene a sacudirnos y despertarnos?
¿Y si todo este tiempo, hemos visto la pérdida como un final, cuando en realidad era una puerta? Un último regalo. Una señal para avanzar, para construir, para reconstruir, para finalmente entender en quiénes siempre debimos convertirnos.
¿Y si todo lo que hemos vivido—cada pérdida, cada cambio, cada pregunta sin respuesta—no fue un error, sino una pieza del rompecabezas que aún no sabíamos dónde colocar?
¿Y si ahora, después de todo, por fin vemos dónde encaja?
Porque las cenizas no son sólo restos de lo que fue. Son la prueba de que algo ardió lo suficientemente fuerte como para cambiar el mundo a su alrededor. Y desde ellas, si así lo elegimos, algo nuevo puede levantarse.
Y quizás esa sea la lección—la que está escondida en la pérdida, en el fuego, en el tiempo mismo. Que la vida es frágil, fugaz, impredecible. Pero precisamente por eso que debemos vivirla de forma plena.
Porque el presente—el ahora—es más que sólo tiempo pasando.
Es un regalo—enterrado entre las cenizas, esperando que cavemos lo suficientemente hondo para encontrarlo.